D.H.L.A PARTE TRECE
ALEJANDRA
Todo en mi vida
transcurría sin novedad hasta que me enamoré.
Era la muchacha más
hermosa que había visto, aunque, cuando la analizaba objetivamente, reconocía
que había otras más bonitas, pero en ella había algo que ninguna otra tenia.
Cuando me miraba sentía una descarga eléctrica.
Ella estudiaba Pedagogía,
lo mismo que mi amigo Roque. Un día que no tuve clases y lo acompañe a su
salón, me senté en una butaca de alguien que seguramente había faltado,
precisamente, al lado de ella. ¿De qué se trató la clase?, no lo sé; no puse
atención a otra cosa que no fueran sus ojos negros, su perfil aguileño y sus
larguísimas pestañas.
Cuando termino la
clase quise presentarme con ella, pero no me dio oportunidad; solamente me
regalo media sonrisa y salió rápidamente del salón. Roque se quedó sorprendido
cuando vio que me alejaba a toda prisa sin despedirme de él. No la alcancé. Se
había esfumado. Pensé que tal vez había sido una alucinación, algo así como un
ángel.
-Claro, Pancho –me
dije-. ¿Cómo crees que eso que viste puede ser real?
¡Pero era real! Lo
comprobé al día siguiente. Anduve merodeando por todos los salones de Pedagogía,
hasta que la vi salir. Le sonreí pero ella pareció no verme. Se alejó a toda
prisa y se subió en su destartalado carrito azul.
Hable con Roque y le
pedí ayuda.
-Alejandra es muy
sería, Panchito; con nadie se lleva –me dijo.
Pero no me di por
vencido; al menos ya sabía su nombre. Todos los días acudía a Pedagogía
buscando la oportunidad de hablar con Alejandra.
-¡Alejandra,
olvidaste tu libreta! –salió un muchacho corriendo tras ella.
-¡Yo se la llevo!
–me ofrecí.
Ella se detuvo a
esperar su libreta, su seriedad y su frio aire de indiferencia me hicieron
temblar.
Le di la libreta,
ella me arrebató, murmuró un leve “gracias” y se subió al coche dando un sonoro
portazo. Yo me paralicé.
Empecé a asistir a
todas las clases de Pedagogía. Lógicamente, tuve un serio atraso en las mías;
lo peor de todo era que no lograba llamar su atención.
Un día me arme de
valor y la espere durante horas recargado en su carrito.
-Alejandra,
permíteme hablar contigo –le dije cuando llegó. La frialdad de su mirada me
hizo sentir muy pequeño y mis piernas me llevaron hacia un lado del auto. Ella
abrió la portezuela y entro en él. Algo dentro de mí se reveló y me empujó
hacia la ventanilla.
-¡Alejandra, por
favor, déjame hablarte un momento! –mi mano tocaba el vidrio.
Ante mi sorpresa,
ella bajo el cristal y me dijo: -Nos vemos en la tarde en el Bambi.
Arrancó y se alejó.
¿Qué era el Bambi?
¿A qué hora de la tarde estaría allí Alejandra? Hable con Roque.
Afortunadamente, conocía la cafetería El Bambi y me dio todas las señas.
Llegue a las tres.
¿Qué hora sería para Alejandra “la tarde”? Las siete. Desde ese día supe que
para Alejandra “la tarde” era a las siete.
No me tuve que
presentar. Sabía mi nombre y todo de mí. –Debes ponerte al corriente en tus
materias, Pancho –fueron sus primeras palabras. Yo estaba sin habla; mis manos
temblaban visiblemente.
-No te comportes así
de envidioso, que me contagias –dijo después.
-Tengo miedo de
perderte –fue todo lo que pude decir.
Nos quedamos
callados durante un buen rato. Sólo mirándonos. Nuestras manos se enlazaron y
ella rompió el silencio:
-No temas, no me voy
a alejar de ti –su voz me acariciaba…aunque debiera –dijo después.
“¿Aunque
debiera?” No me quiso aclarar que había
querido decir. Más tarde lo supe. Estaba enferma, muy enferma.
Alejandra era una
muchacha solitaria. No tenía a nadie. Sus padres habían muerto cuando era
pequeña. Hija única, había quedado al cuidado de su abuela materna, una buena y
hermosa mujer que se dedicó a ella en cuerpo y alma hasta que murió. Alejandra
había heredado una magnífica casa, la cual, por las tardes, se convertía en
escuela de regularización para estudiantes de primaria y secundaria. Llenaba su
vida estudiando y trabajando.
Con frecuencia me
decía que mi familia y yo le habíamos dado una nueva y poderosa razón a su
existencia, y siempre que lo decía cierta angustia se asomaba en su mirada.
-Debe ser porque la
vida fue cruel con ella al arrebatarle a sus seres queridos cuando más los
necesitaba; ahora que nos tiene a nosotros, inconscientemente, siente temor de
perdernos –me decía mi tío cuando le comentaba esta actitud de Alejandra que yo
no comprendía.
Mi tía Chabela se
convirtió en su amiga, su cómplice, su madre. Todos los fines de semana
Alejandra y yo veníamos a San Miguel y ellas disfrutaban mucho el estar juntas.
Mi tío decía que yo no había podido elegir mejor, que si a él le hubiera tocado
el papel de ser el dictaminador mundial
para elegir a la mujer superior, mi tía Chabela y Alejandra habrían empatado en
el primer lugar. Que mi tío opinara esto era cosa seria. Yo me llenaba de gusto
y hacia todo lo que estaba a mi alcance para tener contenta a Alejandra.
De repente, sin
previo aviso, las cosas cambiaron. Alejandra se empezó a desmejorar rápidamente
y no pudo ocultar más su enfermedad.
Hasta que no lo vive
uno en carne propia no se da uno cuenta de lo terrible y maligno que es el
cáncer.
Nuestras vidas se
transformaron por completo. Mis tíos se trajeron a Alejandra a San Miguel para
atenderla y luego nos mudamos junto con ella a su casa para estar cerca de las
instituciones donde suministraban a Alejandra de los bárbaros tratamientos que
la dejaban aniquilada.
Vivimos momentos
terribles que no puedo describir; sólo de recordar mi corazón se desgarra… seis
meses después, Alejandra murió. La enteramos aquí en San Miguel.
Yo no pude llorar,
pero dejé de vivir, iba a la universidad y hacía todo lo que tenía que hacer
como un autómata. Nada me interesaba. Me pasaba el tiempo maldiciendo a la
vida.
Mi mamá empezó a
visitarme, tanto en la pensión de México, como en San Miguel, con bastante
regularidad: eso, que en otros tiempos me hubiera hecho tan feliz, en esos
momentos no me importaba. La odiaba a ella, odiaba a mis tíos, odiaba al mundo.
Los fines de semana
los pasaba casi enteros en el cementerio junto a la tumba de Alejandra. Mis
tíos organizaban en la casa reuniones con mis primos y amigos para distraerme,
y yo ni siquiera los tomaba en cuenta. Un sábado, llegué al cementerio y vi a
mi tío Tacho sosteniendo una pala. Cuando me vio, comenzó a rascar la tierra.
Yo me sorprendí; me dio la idea de un profanador de tumbas.
-¿Qué hace, tío? –le
pregunté asustado. Él no me respondió y siguió cavando. –Tío –insistí-, ¿qué
está haciendo?
-Su tumba, Panchito
–contestó con naturalidad.
-¿Mi tumba? –me
sorprendí-. No lo entiendo.
-Mire, Panchito –me
dijo-, ahorita que yo termine de hacer este agujero, usted se mete en él y
cierra bien los ojos para que yo le eche la tierra encima. Le voy a hacer un favor y también a todos
nosotros.
-No lo comprendo –le
dije.
-Le voy a explicar
–enterró la pala y se recargo en ella-:
Usted ha perdido las
ganas de vivir, es decir, lo ha perdido todo, porque la vida es lo único que
tenemos y que en verdad nos pertenece. Usted está presente solo para sufrir y
hacernos sufrir a los que lo queremos –me tomó de los hombros-; mire, Panchito:
el vivir realmente la vida, el tomar en serio la responsabilidad de vivir, nos
exige mucho más que respirar y comer. Es nuestro deber superar los obstáculos y
seguir adelante. Comprendo su pena, pero usted no está solo, nos tiene a
nosotros que lo queremos tanto… me tiene
a mí que lo quiero como a un hijo.
Me abrazó y
lloramos. Por primera vez di rienda suelta a ese llanto que me oprimía el alma.
Después de un rato, ya tranquilos, nos alejamos de allí. Me despedí de
Alejandra pensando en no regresar. No tenía para qué; a ella me la llevaba,
para siempre, en el corazón.
MI VIDA
Sin Alejandra, mi
vida se convirtió en un boceto de existencia. Era como si mi vista no captara los colores, como si mis oídos se
cerraran a las palabras, como si mi vida no me perteneciera. Me sentía como un
actor ambiental de una lenta película muda en blanco y negro que parecía no
tener fin.
-Le compré unas
cosas, Panchito. Están en su recámara –me avisó mi tío un sábado que llegué a
la casa.
-Te preparé los
ravioles que te encantan, mi amor –la voz de mi tía me alcanzó en la puerta que
da a la huerta.
Con mi indiferencia
a cuestas, llegué al tanque y me senté en el borde. Mi imagen se reflejó en el
agua.
-¡Odioso! –me dije y
volví la cabeza.
La gran cantidad de
paquetes que había en mi cuarto logró
intrigarme. ¿Para qué era toda esa ropa acolchada, esa chamarra rompevientos,
los zapatos de suela de goma y los patines con púas de acero, esa piqueta, ese
gancho, tantas cuerdas y la mochila de alimentos enlatados, cantimploras,
lentes oscuros, mapas, barómetro, brújula y bolsa para dormir?
Salí de mi recámara
sintiendo una opresión en el pecho por cierta sospecha de que mi tío Tacho no
estuviera en sus cabales. Lo vi sentado en la fuente, leyendo tranquilamente.
-¿Para qué son esas
cosas, tío?
-Para usted –me
respondió sin levantar la vista del periódico.
-Ya lo sé –mi voz
sonaba impaciente-, pero ¿para qué las quiero yo?
-Para escalar –me
dijo.
-¿Cómo dice? –mi
extrañeza aumentaba.
-Mire, Panchito –se
puso de pie-, usted necesita, a como dé lugar, salir del abismo en el que ha
caído. Sé que no va a ser nada fácil, que le llevará bastante tiempo ponerse en
forma y aprender a escalar la empinada montaña de la tristeza, pero, por lo
menos, ya tiene su equipo; todo está en que se decida y comience a practicar.
Volvió a sentarse,
abrió el periódico y siguió leyendo. Pensativo, me senté junto a él. Sentí los
rayos del sol calentándome y noté el aroma de plantas. Fue un reencuentro con
la vida.
-Lo voy a lograr –le
dije-
Nos abrazamos y
permanecimos así un largo rato. Después nos dirigimos al comedor en donde estaban
servidos los exquisitos ravioles de espinacas que, ante la sonrisa alegre y
esperanzada de mi tía Chabela, empecé a devorar.
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