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D.H.L.A PARTE 14

MI PRIMA CATY
Llegué a la casa de huéspedes y la dueña me dijo que una muchacha me estaba esperando en la sala. Fui para allá. Era mi prima Caty.
Me dio gusto verla, aunque su visita me extraño, ya que desde la comida en casa de Chucho y Mariana no la había vuelto a ver. Yo me había enojado bastante por su comportamiento y ya no la había buscado, ni ella a mí.
-¿Qué te trae por aquí? –le dije tratando de mostrar indiferencia.
Ella me miró y se soltó llorando.
-¿Qué te pasa? –le pregunté preocupado.
-¡No sé qué voy a hacer! –decía una y otra vez. Se veía desesperada.
-Cálmate, Caty –la abracé –y cuéntame qué te pasó.
-Estoy embarazada –me dijo de sopetón.
La sorpresa me dejó sin habla. Ella quedó en silencio también.
Sus manos temblaban.
Después de un largo momento, cuando ya me había repuesto un poco de la impresión, tomé sus manos y las acaricié; en verdad me sentía conmovido.
De repente empezó a hablar:
-Valente prometió casarse conmigo pero cuando supo lo que pasaba desapareció; se fue sin decir nada… ¡No sé que voy a hacer! ¿Te imaginas, Pancho? ¡Me engaño! ¡Todo fue mentira!...
Sus palabras salían como torbellino.
-Tranquilízate –la abracé. Ella se acurrucó junto a mí. Seguía siendo la niña indefensa y consentida.
-Mi papá me corrió –me dijo después de un rato.
-¿y tu mamá? –le pregunté.
-Hizo  todo lo que pudo pero no logró nada. Ya sabes cómo es mi papá.
Lo sabía; sí. Rosita, la hija de Mariana y Chucho, ya había cumplido un año y él no la conocía.
-¿Ya hablaste con Chucho?
-No –me contestó apresurada-. No quiero que lo sepa. ¿Qué va a pensar de mí? –empezó a llorar de nuevo.
-Caty –le dije con seriedad-, es importante que tu hermano lo sepa. Él te quiere mucho.
-¿A pesar de lo mal que me he portado con ellos? ¿Después de lo grosera que he sido con Mariana? … Sólo he visto a la niña una vez desde que nació, ¿crees que puedan perdonarme?
-Tú eres su hermanita, Caty. Creo que vale la pena intentarlo  -le dije.
Llegamos a San Miguel por la noche. Mis tíos estaban de visita en casa de Chucho y Mariana.
Todos se extrañaron al vernos.
-¿Pasa algo? –preguntó mi tío Tacho antes de saludarnos. Lo tranquilizamos y tratamos de comportarnos como si nada. Caty fue muy amable con Mariana; todos la vieron con desconfianza. Luego pidió que la dejaran ver a la niña, que ya estaba durmiendo, y la extrañeza aumentó. Mariana la condujo a la recámara de su hija y, aprovechando su ausencia, mi tío empezó a interrogarme sobre nuestra repentina llegada y la inexplicable amabilidad de Caty. Mis respuestas no lo convencieron y se soltó a decir todo lo que pensaba.
-… y se me hace muy raro que así, nada más porque sí, a Caty se le haya antojado visitar a su hermano y a Marianita, con quienes ha sido tan grosera y tan cruel; y que ahora resulte que quiere ver a Rosita aunque sea dormida … no, Panchito, aquí hay gato encerrado… algo ha de querer esa muchacha…
Caty y Mariana ya estaban en el pasillo. Mi tía Chabela, que se había dado cuenta, le hizo una seña a mi tío para que se callara. –Déjalo, tía –dijo Caty-, mi tío tiene toda la razón. Me he portado muy mal con ellos y ahora vengo a pedirles ¡que me perdonen!
Chucho se levantó a toda prisa y la abrazó. Mariana también.
Luego los tres se reunieron con mis tíos y conmigo y Caty les contó todo. Mariana y Chucho le ofrecieron su casa. Mi tío Tacho parecía muy satisfecho.
-Que gusto me da que esta egoísta muchacha reconozca sus errores –dijo mi tío al despedirse-. La felicito, Caty –la tomó de los hombros-; el que usted admita que ha sido mala… habla muy bien de usted. Sería imperdonable que negara que se ha comportado como un ser nocivo que ha abusado de la bondad de estos dos muchachos. De ahora en adelante cuente conmigo para lo que se le ofrezca. Claro, no sería así si usted hubiera persistido en su vileza, en su…
-¡Anastasio! –intervino mi tía Chabela-. ¡Discúlpate con la niña! ¡No le estés diciendo esas cosas tan horribles!
Mi tío pareció tomar conciencia de sus palabras.
-Es verdad, Caty, discúlpame, creo que me excedí –la abrazó-. Su hijito tendrá en mí a un tío bisabuelo que lo querrá de verdad. Cuente conmigo, Caty. Siempre.
MALAS NOTICIAS
Nació el niño de Caty y todo marchaba bien hasta que un nubarrón vino a ensombrecer nuestras vidas.
-Necesito que venga de inmediato, Panchito –por el teléfono la voz de mi tío Tacho se notaba desesperada. -¿Qué ha pasado? –le pregunté asustado.
-Venga pronto; lo necesito –me dijo y colgó.
Salí para acá de inmediato. La preocupación me salía por los poros.
Llegué en la tarde. Mi tía Chabela no salió a recibirme y eso me extrañó.
-Pásele, Panchito –dijo mi tío mostrándose exageradamente nervioso.
-¿No está mi tía? –la busqué con la mirada.
-Precisamente de ella quiero hablarle –me dijo-; está muy grave –su voz se quebró.
Sentí una opresión en el pecho.
-¿Qué es lo que tiene? –le pregunté sin aliento.
-Leucemia –me respondió.
Yo me quedé sin habla. No sabía que decir.
-¿Ya le hicieron todas las pruebas? –fue todo lo que se me ocurrió.
-¡Jamás he dado un diagnóstico sin estar completamente seguro! –gritó enojado-. Aunque ahora quisiera estar equivocado –agregó débilmente.
-Pero, ¿desde cuándo está enferma? –le pregunté teniendo la seguridad de que una enfermedad así no se presenta de un día para otro sin que nadie se diera cuenta.
-Hace meses se empezó a sentir mal. Los tratamientos no dieron buen resultado. No le habíamos querido decir nada para no preocuparlo…
-¡Algún   remedio habrá! –grité fuera de mí-. ¡Usted puede pagar cualquier hospital por caro que sea!
-¿Habla usted de dinero? –me preguntó tristemente-. Lo que tiene Chabelita es mortal –su voz sonó ronca, como si le saliera del fondo de su cuerpo-. ¿La vida, con qué dinero se compra, Panchito? Usted sabe que he logrado reunir un buen capitalito y podría pagar lo que fuera por la salud de Chabelita; pero eso ya no puede ser –sus lágrimas salían sin control, la fatalidad ha tocado a nuestra puerta y ni un millón de cerrojos puede impedir su entrada.
Sacó un sobre y me lo dio.
-Aquí tiene las instrucciones para después de nuestra muerte –me dijo-; usted sabe que sin ella no resistiré mucho tiempo.
Ábralo cuando nos hayamos ido los dos.
Tomé el sobre y lo guardé tristemente. –Quiero verla –le dije.
-Que lo vea contento. Disimule –me pidió.
Entramos a la recámara. Parecía que todos los años del mundo habían caído sobre mi hermosa tía. Ella abrió los brazos y los dos corrimos a abrazarla.
-¡Cuídalo, hijito! –era todo lo que decía.
VUELO ENVIDIABLE
Sin mi tía Chabela, en la casa y en nuestras vidas, todo era desolación.
Junto con el ramito de rosas, que mi tío puso en sus manos antes de trasladarla a su última morada, se habían ido nuestra alegría y nuestras ganas de vivir.
Una tarde, mi tío y yo estábamos sentados en una banquita del corredor cuando algo nos llamó la atención: una figura verde y lustrosa se elevó con rapidez y se alejó a toda prisa hacia el cielo, hasta perderse de vista.
-Siempre creí que es perico tenía las alas cortadas –me dijo pensativo-, y, ya lo ve, Panchito, hoy comprobamos que no es así. Toda su vida estuvo aquí por amor. Bien hubiera podido haberse ido- -Si, tío –respondí.
-¿Sabe? –continuó-, muchos de los que me conocen pensaban que yo tenía las alas cortadas, pero eso no es cierto. Mi hermosa Chabelita nunca me tuvo a la fuerza. Si viví pegado a ella y siempre le fui fiel, fue por amor. Ahora yo quisiera salir volando tras ella, igual que el tal Rorro –su voz se quebró-. Fíjese, Panchito, lo que es la vida; tan sin gracia que siempre me pareció ese perico, y resulta que ahora lo envidio…




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