D.H.L.A PARTE DOCE
FUTURO MÉDICO
-MEDICINA, ¿qué otra
cosa?
Respondía mi tío
Tacho cuando alguien me preguntaba qué iba a estudiar cuando terminara la
prepa. Siempre se me adelantaba, a mí no me dejaba hablar.
-¿Qué te parece,
Chabelita? -¿Quién nos iba a decir que ibas a tener dos médicos en la casa? –le
decía lleno de orgullo. –Todavía falta tiempo Anastasio –respondía ella.
-Sí, pero una
verdadera vocación se lleva en la piel, se le nota a la gente hasta en la forma
de caminar, ¡míralo nada más! –me señalaba como quien está mostrando algo
extraordinario.
Yo trataba de
descubrir frente al espejo de cuerpo entero, que está en el baño, los atributos
que ponían en evidencia mi notoria vocación para la medicina.
-Pues sí, don Pedro
–dijo a mi padrino el día que fue a visitarnos-, imagínese lo orgulloso que me
siento por la decisión que ha tomado Panchito… ¡Mi futuro médico! –exclamó
mirándome complacido. ¿Mi decisión?.. a pesar de tener muy claro que no había
sido mía, no me atrevía a contradecirlo. Mi tío estaba contentísimo, no hablaba
de otra cosa.
-Ya debe comenzar a
practicar, Panchito –me dijo cuando entré al último semestre de preparatoria.
Al inicio de las
vacaciones de semana santa compró un costal de naranjas para que pudiera
ejercitarme en la puesta de inyecciones. Yo nada más veía la jeringa y mis
manos comenzaban a tambalear fuera de control.
-¡Domínese! –me
decía-. ¿Cómo le va a hacer cuando tenga que operar? ¡Un cirujano debe tener
temple de acero!
Me veía yo vestido de médico abriendo con el bisturí en canal a un
paciente y por mi frente empezaban a correr gruesas gotas de sudor.
Nunca puede
desprender la cabeza de las ampolletas ni cargar una jeringa. Las ampolletas en
mis manos se rompían por completo y cuando mi tío ya me las daba abiertas, las
agujas se doblaban por el mal cálculo que hacía
de la profundidad del frasquito. Toda una tarde nos pasamos inyectando
naranjas.
-Recuerde que cada
una representa el nalgatorio de algún paciente. Trátelas con cuidado –me decía.
Ninguna salió con
bien. Quedaban despanzurradas, o, en el mejor de los casos, rasgadas de la
cáscara porque la jeringa se me iba chueca y la aguja se clavaba en forma
perpendicular. Pensaba en lo que hubiera pasado si las naranjas hubiesen sido
nalgatorios reales y la carne se me ponía como de gallina.
-Lo que usted
necesita es practicar en una persona
-decidió mi tío.
Al día siguiente
llegó muy contento.
-Me acaban de
informar que su tío Rubén tiene bronquitis ¡Es nuestra oportunidad! –me dijo.
Llevó varias
ampolletas y jeringas.
-Por si se rompen o
se dobla la aguja –decía mientras las guardaba en el maletín.
Mi tío Rubén estaba
tan débil y tan afiebrado que no se dio cuenta cuando varias ampolletas se
desbarataron en mis manos ni cuando otras tantas agujas quedaron como bastón; y
mi tía Rufina, su esposa, yo creo que sí se dio cuenta pero se hizo la
disimulada.
-No se ponga
nervioso, Panchito –dijo mi tío-, no es más que su tío Rubén… ¡Preste acá!
Me arrebató la
ampolleta y la jeringa, preparó la inyección como se debe y me la dio.
-¡Ahora sí, banderillero,
a triunfar! –exclamó en tono festivo.
-¡Ole! –reforzó mi
tía Rufina.
Saqué fuerza de
flaqueza. El público me aclamaba. No lo podía defraudar. Tomé la jeringa,
apunté, inserté, y vacié el líquido de un jalón. Miré, con horror, cómo en la
desinflamada naranja de mi tío Rubén se
formaba un círculo que iba del rosa mexicano al morado berenjena. En ese
momento recordé que antes de vaciar el medicamento debí haber jalado para atrás
el émbolo de la jeringa y mirar si no había sangre, para estar seguro de que no
había picado vena. Ya era tarde. La inyección estaba puesta.
-Mire, Panchito
–dijo mi tío Tacho-, si su tío Rubén queda impedido, que es muy posible debido
a la forma en que le puso la inyección, no se preocupe –me tranquilizó-, el
mundo no va a extrañarlo.
-¡De veras que no!
–aseguró mi tía Rufina.
Antes de
despedirnos, mi tía Rufina nos agradeció varias veces la buena acción de haber
ido en auxilio de su esposo.
-No me lo agradezca
a mí, Rufina –dijo mi tío-, agradézcaselo a nuestro flamante futuro galeno.
A los pocos días, mi
tío me llevo a presenciar una operación. Llegamos al hospital. Pasamos a la
sala donde los médicos se visten de cirujanos y me vistieron.
-Usted quédese aquí,
paradito –me acomodó a un lado de él cuando entramos al quirófano-, va a ser
una operación inolvidable para usted, mi futuro cirujano.
Y así fue. Era una
amputación de brazo.
El sonido de la
sierra eléctrica y los trocitos de hueso junto con los chorros de sangre que
salpicaron mi cara, aún se presentan en mis sueños más inquietos, en mis
pesadillas. Y ese olor…nunca se me olvidará.
Una espesa bruma me envolvió.
Comencé a arquear, pero vómito se me fue al cerebro. Al menos así me pareció.
Perdí el sentido. No volví a saber de mí hasta que estaba en mi cama. Miré para
todos lados sintiéndome confundido y atontado; una potente voz me hizo
reaccionar:
-¡Qué necedad la
suya, Panchito! ¿De dónde sacó usted el absurdo disparate de que quiere ser
médico? ¿Quién le metió en la cabeza esa terquedad?... ¿Usted cree que, así nomás
porque sí, uno puede decir “quiero ser médico” y listo? ¡No, Panchito,
reconózcalo, usted no puede ser médico!
-Pero tío…
-balbuceé.
--¡No insista! –me
interrumpió- o ¡No sea testarudo! ¡No quiero volver a oírlo decir semejante
impertinencia! –Tío, escúcheme…
-¡Silencio, no sea
obstinado! –me dijo-. ¿Acaso no tiene imaginación? ¿Cree que todo el mundo es
médico? No, Panchito, también hay contadores, publicistas, ingenieros,
mecánicos, astronautas, bomberos, cantantes, payasos, equilibristas, plomeros…
usted puede ser lo que se le dé la gana, menos doctor ¿me entiende? ¡Menos
doctor! – y salió de mi recámara golpeando la puerta. El portazo hizo que se
abriera la ventana y por ella entró una brisita de alivio.
ALFONSINA
Cuando entré a la
universidad a estudiar economía conocí a
una muchacha que, aunque bastante fea, me llamaba la atención por su
inteligencia. Comenzamos a hacer amistad y surgió entre nosotros una corriente
de simpatía que se convirtió en salidas al cine, al teatro o, simplemente, a
caminar por la ciudad.
Pero las cosas se
complicaron. Alfonsina se enamoró de mí y yo, ni por equivocación, sentía lo
mismo.
Traté de alejarme de
ella pero no pude. Se tomó muchas pastillas para dormir y se puso gravísima. Yo
me asusté. Me sentía culpable. Cuando se estaba recuperando, me hizo prometerle
que nunca la dejaría y que la amaría por siempre. Me sentí atrapado.
Decidí contarle todo a mi tío Tacho.
-¿y hasta donde
piensa usted dejar llegar esta situación?
-me preguntó.
-No lo sé, tío no
puedo abandonarla… ella es muy buena y me quiere mucho.
-¿y no le parece que
también es importante lo que usted sienta? –me dijo-o ¿No cree que siempre es
mejor la más amarga de las verdades que la más dulce de las mentiras? –me
preguntó. –Sí, tiene usted razón –admití-, pero si la abandono ella terminará
con su vida…
-¿Entonces usted
piensa que lo correcto es sacrificar la suya a cambio de la de ella? –me
preguntó.
-Pues no, tío .le
respondí incómodo-, pero, ¡entiéndame!, yo no puedo hacer sufrir a alguien que,
aunque no amo, me da tristeza por la forma en que me quiere.
Quedó pensativo y
luego me dijo:
-¿Por qué no la trae
el próximo fin de semana? Me gustaría conocerla
y así poder darle mi opinión con conocimiento de causa.
Llegue con
Alfonsina. Mis tíos la recibieron con gusto. Él no dejaba de mirarla. Cuando
menos lo esperaba, se me acercó y en voz alta me dijo:
-¡Cómo es usted
exagerado, Panchito! ¡Esta muchacha no está tan fea como usted dice!
El rostro de
Alfonsina se encendió. Yo me quedé helado. Durante la comida, Alfonsina se mostró contenta y animada, aunque
fría conmigo. Al terminar, mi tía Chabela nos invitó a dar un paseo por la
huerta. Ellas se fueron juntas, por delante de nosotros. –Pues sí, Panchito
–comenzó a decir mi tío-, tiene usted razón, esta muchachita es muy simpática y
muy inteligente…
Yo le hice señas
para que bajara la voz, pero tal pareciera que entendió lo contrario.
-Aunque no creo que haga
usted bien en andar con ella sin amarla, entiendo que se sienta culpable por no
poder quererla… pero yo creo que la lástima es un sentimiento muy triste…
sinceramente pienso que ella merece mucho más y no me cabe en la cabeza como es
que, valiendo tanto, esta encantadora mujer se valore tan poco…
Mi tía trataba de
distraer a Alfonsina contándole la historia de sus limones y enseñándole las
flores de sus duraznos. Yo quería que la tierra me tragara. ¿Cuál sería la
reacción de Alfonsina después de haber escuchado una verdad que yo no me
atrevía a decirle?
Cuando regresábamos
de San Miguel, Alfonsina iba seria y pensativa. Yo me sentía a penado también iba callado. De pronto, ella rompió
el silencio:
-Pancho, creo que me
he portado como una tonta.
-No digas eso…yo…
¡Perdóname! –fue todo o que pude decir.
-No te disculpes –me
dijo-, yo he sido la única responsable. Deseaba con toda el alma que me
quisieras como yo a ti. Quería retenerte a costa de lo que fuera… pero tu tío
tiene razón; yo no quiero que estés conmigo por compasión.
-Alfonsina
–supliqué-, no quiero que te sientas mal…
-No, Pancho –me
dijo-, en vedad he abierto los ojos y no estoy resentida. Sé que soy fea…
-¡No! –le
interrumpí-. Quizá no seas muy bonita físicamente, pero por dentro…
Ella sonrió y me
tomo de la mano.
-Ya lo sé –me dijo
con cariño-, pero yo necesito tener a alguien que le guste por dentro y por
fuera… ¡Y lo voy a encontrar! ¡Ya lo verás, Pancho, ya lo verás!
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