D.H.L.A PARTE ONCE
LA RANA
Yo estaba en la casa
disfrutando de las vacaciones del quinto semestre de preparatoria. Un lunes,
mientras comíamos, mi primo Chucho nos dijo que se había encontrado con un
antiguo compañero de la prepa que también estudiaba veterinaria pero que iba un
poco atrasado, que apenas estaba en primer año.
-¿Y quién es él?
–preguntó mi tío.
-Ángel Rodríguez,
tío –respondió Chucho-. ¿No se acuerda de él?, al que le decíamos la Rana; una
vez vino conmigo a San Miguel…
-Ángel… Ángel… ¡Ah,
ya recuerdo, la Rana!... era simpático.
Pero, dígame,
Chuchito, ¿por qué está cursando apenas el primer año si usted ya tiene
recibido más de seis meses?
-No sé exactamente,
creo que dejo de estudiar un tiempo… pero ya nos contará él los motivos porque
lo invité a cenar. –Pues hizo usted bien, Chuchito, así no nos quedaremos con
la duda –dijo mi tío complacido.
Como a las ocho de
la noche llegó la Rana.
¡Pasa, pasa! –mi tía
Chabela lo recibió con gusto-, Chuchito te está esperando.
Cenamos riquísimo,
como siempre. Durante la sobremesa, mi tío empezó a bombardear a la Rana con
preguntas sobre su retraso en la escuela. La Rana respondió con evasivas y no
nos sacó de dudas.
Cuando mi tío se dio
cuenta de la hora y vio que la Rana no tenía para cuándo retirarse, se levantó
de la mesa y dio las buenas noches. Al ver que la Rana no se movía, le tendió
la mano como para despedirse, lo jaló de la mano y lo llevó hasta la puerta, lo
sacó y cerró ruidosamente.
Al día siguiente,
cuando nos disponíamos a desayunar, llegó la Rana y desayunó con nosotros; al
terminar, se ofreció para levantar la mesa y se puso a lavar los trastes. Luego,
se fue a sentar a la sala de espera al consultorio de Chucho llevando un libro
de anatomía de animales.
-¡Qué muchacho tan
estudioso! –comentó mi tío muy contento; adoraba a los aplicados.
Al poco rato, mi tío
fue a ver cómo iba en sus estudios de anatomía y lo encontró dormido con el
libro abierto sobre las piernas. Nos lo fue a platicar muy enojado. Antes de la
comida, la Rana se despidió.
Al día siguiente
regresó a la hora del desayuno; desayunó con nosotros, se levantó antes que
nadie de la mesa, y volvió a lavar los trastes. Iba rumbo al consultorio de
Chucho, con su libro de anatomía bajo el brazo y mi tío lo interceptó en el
corredor.
-¿Y usted dónde
estudia, joven Rana?
¡En la Universidad
de México, doctor! –dijo con orgullo.
-¿Y ahora está de
vacaciones?
-Pues… no
precisamente –le respondió-. Lo que pasa es que me sentí un poco desorientado y
quise venir a ver a Chucho para observar la práctica de la carrera. Por un
amigo me entere de que Chucho es muy buen veterinario.
-¿Y no cree que
debería concluir primero sus estudios y después venir a observar la práctica?
-Pues sí, doctor; lo
que pasa es que así, desorientado, no me puedo concentrar en los exámenes…
-¡Ah!, ¡está usted
en exámenes! –le dijo a gritos.
-Pues… sssí
–contestó asustado.
Mi tío le dirigió
una mirada fulminante, le dio la espalda violentamente y se retiró. La Rana
bajó la cabeza y con tristeza se acercó a donde estaba el Rorro, quien empezó a
gritar “¡Buurro!”, “¡Burro!” y se alejó volando muy bajo.
Mi tío entró a la
sala de espera del consultorio de Chucho y encontró a la Rana dormido, con su
libro de anatomía abierto sobre las piernas.
-¡Siempre en la
página trece! –gritó.
La Rana saltó del
asiento, cerró su libro y se despidió. Durante varios días la Rana llegaba
cuando empezábamos a desayunar. Después, comenzó a llegar más temprano; alguien
le abría y cuando llegábamos al comedor, ya estaba la mesa puesta y el desayuno
preparado. A continuación, sus llegadas se volvieron más tempraneras; cuando
nos levantábamos el patio estaba limpísimo, las plantas de mi tía regadas, la
comida del Rorro servida y el desayuno preparado. Mi tía lo saludaba de beso y
le decía “Ranita preciosa”.
Después de dos
semanas, mi tío quiso hablar con él. La Rana entró en la sala con su libro de
anatomía bajo el brazo, mi tío se lo pidió y lo abrió en la página trece.
-Dígame, Rana,
¿cuáles son las partes del aparato digestivo del borrego? –le preguntó.
En la cara de la
Rana se reflejó la duda. -¿No me puede dar más datos?
-¡Lo que le voy a
dar es un librazo! –gritó mi tío fuera de sí-. Mire, muchacho –le dijo más
calmado-, creo que está equivocando su profesión… su vocación está clara. Si
está usted de acuerdo, desde hoy tiene trabajo… claro que también tendría que
lavar y planchar… descansaría los domingos y…
La Rana no lo dejó
terminar. Le arrebató el libro de anatomía y, muy ofendido, salió de la casa
sin despedirse de nadie.
PREJUICIOS SOCIALES
Mi primo Chucho, muy preocupado, le
platicó a mi tío Tacho su problema:
-y no quiere venir a pedirla, tío… no sé
qué hacer.
-Parece mentira que su padre esté
actuando así… déjeme ir a hablar con él, a ver si puedo arreglar las cosas.
–Gracias, tío –dijo mi primo.
Esa misma tarde,
Lino y yo lo acompañamos al pueblo.
En el camino iba
hablando solo: “Qué peros le pone a mi sobrino Juan a Marianita, muchos padres
estarían deseosos de tener una nuera como ella”
Mis tíos, Coty y
Juan, nos recibieron con gusto. Para la merienda mi tía sacó las obleas y el
queso de tuna que guardaba para los invitados especiales. Al final de la
merienda, dijo mi tío Tacho: -Juan, quiero hablar con usted sobre Chucho y
Marianita. Mi tía Coty se levantó de la mesa y desapareció.
-Ya me imaginaba que
a eso se debía su visita, tío, respondió molesto mi tío Juan.
-Chucho está muy
preocupado por la actitud que usted ha
tomado.
-Creo que es la
correcta. No pienso cambiarla –dijo mi tío juan y se levantó de la mesa.
-¡Es injusto, Juan!
–mi tío Tacho subió la voz.
-¿Cómo voy a aceptar
que mi hijo se case con una muchacha sin apellido? –Mi tío Juan se volvió a
sentar-. ¿Cómo voy a aceptar que mi hijo tome por esposa a una muchacha que no
tuvo padre?
-¿Qué no tuvo padre?
–preguntó mi tío Tacho, exagerando extrañeza-. ¡Oiga, sobrino, eso es
increíble! ¿Quiere decir, acaso, que Marianita es un monstruo? ¿Una mutante que
ha nacido sólo de una madre, sin padre?
-No se burle, tío
–dijo muy disgustado-, sabe a qué me refiero.
-No lo sé.
-¡Pues a que su
padre nunca se casó con su madre y, por si fuera poco, ni siquiera la
reconoció!
-Juan, ¿cómo puede
culparla de eso?... Creo que usted está muy mal.
-Yo no lo creo
–respondió cortante mi tío Juan-. Mire, tío, no aspiro a que mi hijo se case
con una dama de la realeza, pero sí con una muchacha que tenga como respaldo
una familia respetable, no con una que sólo tiene detrás de ella a una pobre
mujer como su madre.
-¡Así es! –gritó mi
tío Tacho-. ¡A una pobre mujer que ha dedicado su vida a cuidar a su hija! – Ya
más tranquilo prosiguió-: Ella fue víctima de las circunstancias; su único
pecado fue haberse enamorado de un hombre irresponsable…
Por lo que veo, para
gente como usted ese es un pecado imperdonable. Seguramente, preferiría que
Chucho se casara con una mujer tan fina y elegante como la de Neto; ella sí que
tiene un apellido rimbombante como respaldo. Creo que sus problemas conyugales
se deben, casi siempre, a que gasta más de lo que Neto puede darle en ropa,
salones de belleza, comidas con las amigas y todo lo que implica pertenecer a
tan alta esfera social. Por lo demás, es buena esposa, siempre y cuando Neto
esté dispuesto a comer comida de lata, a no descomponerle el peinado con una
caricia, a no besarla espontáneamente para no estropearle el maquillaje y a no
tocarla hasta que el barniz de uñas se haya secado. Luego, mire a sus hijitos,
tan bonitos como insoportables; unos pobres niños repletos de objetos caros
pero vacíos de atención y de afecto, porque su mamá lleva una vida social tan
intensa que nunca puede estar con ellos y su papá trabaja como negro para poder
mantener ese nivel de vida que, por cierto, es muy chic ¿no es cierto? Pero,
bueno, eso no importa. Tal vez fue el precio que Neto tuvo que pagar por el
flamante apellido de su mujer, ¿no le parece?
-Tío –dijo mi tío
Juan-, creo que está exagerando… dramatiza tanto que me confunde…
-Juan –concluyo mi
tío Tacho-, debemos pensar en la felicidad de Chucho. Olvide los prejuicios.
Piense lo feliz que va a ser con una mujer como Marianita; tan alegre, tan
inteligente y, sobre todo, tan enamorada. Chucho merece lo mejor. Siempre ha
sido un excelente hijo… para usted y para mí.
Nos despedimos y
volvimos en silencio a San Miguel.
LA PETICIÓN DE LA MANO
Mis vacaciones
habían terminado y había regresado a la casa de huéspedes en el Distrito
Federal. Toda la semana estuve pensando en Chucho y en Mariana. El sábado
siguiente, cuando llegue a la casa, encontré a Chucho muy contento. Su padre,
al fin, había accedido a ir a pedir la mano de Mariana.
-¡Mira, Pancho! –me
dijo Chucho emocionado-. Mi tía Chabela quiere que sea de Mariana el anillo que
mi tío le dio cuando se comprometieron –me lo enseñó en su estuche.
Una oleada de
envidia me envolvió, pero logré disimular. -¡Qué bueno! –le dije, admirando el
anillo que siempre creía sería para mi novia.
Chucho pareció no
darse cuenta de mi perturbación, pues siguió hablando entusiasmado.
-Mi tío Tacho se
ofreció para organizar una cena en el salón Embajadores para el próximo sábado.
¿Te imaginas, Pancho? No sé cómo agradecerle todo esto.
-Me alegro mucho por
ustedes –le dije sinceramente.
El día de la petición,
en la casa todo era movimiento. Mariana y doña Rosa, su mamá, habían ido a que
mi tía Chabela les ayudara con su arreglo.
-¡Ay, Chabelita! ¡Me
está picando! –grito doña Rosa cuando mi tía le detuvo el cabello con un
prendedor.
-Ni modo, Rosita,
así se le ve muy bien; recuerde que la elegantes se aguantan –respondió mi tía
fijando con firmeza el broche.
-Tiene razón,
Chabelita –admitió doña Rosa con lágrimas en los ojos-; pero, ¿antes de irnos
me podría dar una aspirina? -¡Claro que sí, Rosita! –sacó una tira-. Y se lleva
las demás por si las dudas.
Llegamos al salón.
Mariana y Chucho estaban felices. Al poco tiempo llegaron mis tíos Juan y Coty
con mi prima Caty.
Habían invitado a
los amigos más allegados: los Torres, los García, los Mayers, los López Mendívil,
los Aragón y los Mir. Del pueblo llegaron: mi abuela, mis tíos y primos, y mis
padrinos Pedro y Sara. No me extraño que mi mamá no asistiera.
Mi tío Juan hizo la
petición de mano. Aunque cortés, se notó frío y seco. Doña Rosita respondió un
poco incómoda, pero con mucha educación. Luego, mi primo Chucho puso el anillo
en el dedo de su novia y yo sentí un vuelco en el estómago. Después brindamos y
la música comenzó.
Correspondía a mi
tío Juan bailar la primera pieza con la novia, pero al ver que no tenía
intenciones de hacerlo, mi tío Tacho se levantó y se dirigió a mariana:
-Quisiera pedir esta
pieza a quien, como linda flor, ha venido a perfumar nuestra familia.
Caty, que estaba
sentada junto a mí, hizo un agrio comentario: -No sé cómo mi papá puede
permitir que mi hermano se case con ésa…
-No seas cruel, Caty
–le reproché un tanto incómodo-. Mariana es muy buena. No debes juzgar a las
personas tan a la ligera.
-¡No, Pancho!
–insistió-. ¡Nunca aceptaré a ésa como de la familia.
Se levantó y se fue
a otro lugar. Yo me alegré.
Al terminar de
bailar, mi tío Tacho se sentó junto a mí, en el lugar que Caty acababa de
abandonar.
-Ella está en el
mismo plan que su padre, ¿no es así, Panchito? –me preguntó.
-Sí, tío –respondí
en tono reflexivo-, no los entiendo.
-¡El tiempo,
Panchito!... El tiempo pone todo en su
lugar –aseguró.
-¡Qué linda se ve
Mariana! ¿No le parece, tío? –le comente mirando a los novios, que bailaban
encantados-. El anillo le quedo perfecto…
-Así es –respondió-.
Por cierto –me dijo-, no quiero volver a ver en su rostro alguna señal de
envidia. Para usted tenemos reservado nuestros anillos de bodas. Desde hace
mucho, Chabelita y yo acordamos que éstos serían para nuestro hijo consentido…
y apretó mi mano con cariño.
NUEVOS PADRES
Habían pasado unos
meses desde que Chucho y Mariana se casaran cuando nos dieron la noticia de que
iban a ser padres.
Chucho nos invitó a
la comida que darían en su casa para festejarlo.
Ese domingo, mis
tíos y yo fuimos casi los primeros en llegar, allí estaba ya doña Rosa, la mamá
de Mariana.
Al poco tiempo,
llegaron Lupita y Lucha y, en seguida, mis padrinos Pedro y Sara y la Peque,
Loli y la Nena con sus maridos.
Mi padrino dijo a
Chucho que sus padres y hermana Caty no podrían asistir por tener otro compromiso.
En la cara de mi primo se notó la desilusión pero Mariana lo abrazó y él
recuperó su alegría.
La comida que
Mariana preparó estaba deliciosa; es muy buena cocinera.
Estábamos terminando
de comer cuando llamaron a la puerta.
Chucho fue a abrir y
nos quedamos sorprendidos al ver a Caty, acompañada por un muchacho muy bien
parecido, bastante pasado de copas.
-¡Hola a todos!
–dijo Caty en la puerta-. ¡Les presento a Valente!
Entraron y se
sentaron. Su actitud era descortés y
altanera.
Mariana se apresuró
a servir unos platos y Caty le dijo con petulancia:
-Ni te molestes,
chula, no vamos a comer. Sólo sírvenos una copa para brindar contigo ya que vas
a ser mamá.
La mirada de Chucho
se iluminó.
-¿Qué te parece,
Caty? Pronto serás tía.
-¿Tía yo –dijo extrañada-.
Mira, hermano, si fueras tú quien estuviera esperando a ese niño, estaría
segura de eso, pero como no es así, pues siempre queda la duda…
-¡Caty! –gritó
Chucho, poniéndose de pie.
-No creo que sea
momento para discutir –intervino mi tío Tacho-, y menos para que usted, Caty,
haga ese tipo de comentarios.
Caty se levantó, con
actitud retadora, sirvió otras copas para ella y su acompañante y después de
dar un buen trago, respondió: -Mire, tío, con todo respeto, creo que esto no es
de su incumbencia. A usted le es fácil
aprobar esta situación porque no fue su casa la que se manchó con la llegada de
ésta –señaló a Mariana. ¡Basta, Caty! –saltó Chucho-. ¡Haz el favor de salir de
mi casa y no vuelvas aponer un pie aquí!
–le dijo fuera de sí.
Caty sonrío,
burlona.
-Sí, hermanito, me
voy. Pero no porque tú me corras, sino porque me sale urticaria con esta clase
de gente –miró de arriba a abajo a Mariana y a su mamá.
Nos quedamos
consternados. No podíamos dar crédito a lo que había pasado.
Caty y su amigo
salieron de la casa, tambaleantes por el efecto del vino.
No hay comentarios