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D.H.L.A ULTIMA PARTE (15)

ALPINISTAS
Durante las vacaciones, antes del último semestre de mi carrera, teniendo apenas mi tía dos meses de haber partido, la gente de San Miguel empezó a murmurar sobre la dudosa salud mental de mi tío Tacho y la mía.
-Tráigase su equipo para escalar –me dijo un día.
-¿Para qué lo quiere, tío? –le pregunté extrañado.
-Debemos practicar. Hemos de salir de nuestros respectivos abismos a como dé lugar.
Él lo usaba por las mañanas y yo por las tardes. Así, vestidos de alpinistas, durante nuestras largas caminatas por la calle, no había quien no nos mirara con extrañeza y hasta un poco de compasión. Cuando mi tío se detenía a platicar con alguien conocido, atoraba el piolet en la tierra, en un árbol o en los barrotes de alguna ventana.
-Permítame que me enganche –les decía-; no vaya a ser que pierda la poquita altura que he ganado y me vaya otra vez hasta el fondo…
Nadie entendía el significado de sus palabras, sólo yo.
EXTRAÑA DESPEDIDA
Cuesta trabajo creer que en tan poco tiempo la vida de uno pueda cambiar tanto…
Aprobé el examen profesional por unanimidad. Para evitar nerviosismos extras, le había pedido a mi tío que no asistiera al examen; acordamos que nos veríamos por la tarde en San Miguel para festejar. Antes de salir de salón donde había sido el examen una de las secretarias de la universidad me dio un sobre que un mensajero había dejado para mí. Todo imaginé menos que fuera una carta de mi tío. Salí al patio, abrí el sobre y saqué la carta:

“Querido hijo: cuando esté usted              leyendo ésta carta, yo ya me habré retirado. Mi quehacer por estos lugares terminó. Usted acaba de dar el paso definitivo para iniciar una brillante carrera profesional y yo doy por concluido mi compromiso con la vida. Chabelita y yo acordamos esperar hasta este día, pero ni uno más. Me voy con ella, Panchito, ahí está mi sitio.  El equipo de alpinismo se lo dejo casi completo, sólo  me llevo la brújula para no perder el rumbo donde habitan los ángeles, no vaya a ser que me desoriente y me vaya para el lado contrario. No olvide leer las instrucciones para después de nuestra muerte”

Sentí una punzada en el corazón. ¿Por qué mi tío hablaba así? Llegué a la pensión a recoger mi dinero, y ahí, en el cajón de mi buró, estaba también el sobre que mi tío me había dado. Lo tomé y lo guardé. Al salir, la dueña de la casa me dijo que mi primo Chucho me había estado hablando por teléfono. Un negro presentimiento nubló mi mente.
Llegué aquí, a las cas. Estaba llena de gente. Chucho corrió a recibirme.
-¿Qué pasó? –le pregunté, temiendo oír la respuesta.
-Murió mi tío –me dijo.
Entre sollozos nos abrazamos. Se nos unieron Caty y Mariana.
-¿Qué le pasó? –les pregunté confundido.
-El doctor García dijo que fue su corazón –respondió Caty.
-¿Desde cuándo empezó a sentirse mal? –quise saber.
-Todo fue muy repentino –me dijo Chucho-; ayer fue a mi casa y se encontraba bien. Pasó mucho tiempo con los niños y antes de irse se puso a darnos consejos a Mariana, a Caty y a mí. Luego, le dio un sobre a Caty advirtiéndole que lo abriera hasta hoy –Caty asentía con la cabeza-, y resulta que en ese sobre están las escrituras de un terreno en Celaya y un papel notarial donde dice que la nueva dueña es Caty.
Fui a la recámara de mi tío. Mucha gente estaba alrededor de la cama, donde mi tío yacía tranquilamente, como si durmiera.
Me incliné para besar sus manos. Una de ellas apretaba fuertemente la brújula que se mojó con mi llanto.
Fui hacia el doctor García y, a manera de reclamo, le pedí que me explicara cómo había sido posible que el corazón de mi tío hubiera fallado así, tan de repente, sin haber mostrado antes ninguna señal de enfermedad, que mi tío siempre había sido muy sano y que se me hacía muy raro todo esto.
-A veces, cuando se ha querido tanto en la vida y el ser amado se va, el corazón se ve atacado por una terrible enfermedad, para la que no hay cura, que se llama pena. Eso fue lo que le pasó a tu tío, Panchito. Él quería irse con Chabelita y te aseguro que en estos momentos no hay hombre más feliz que él.
-Tiene razón, doctor –le respondí pensativo.
-Dejó esto para ti –me dijo, y me entregó un sobre.
Lo abrí. Contenía un recado con los anillos de bodas de mis tíos, prendidos con unos seguritos de metal:

“Hijo: Como lo había prometido, aquí están nuestros anillos. No tire los seguritos hasta haber comprobado que mis ojos estén perfectamente cerrados; de no ser así, utilícelos  para este efecto”

Reí a pesar de las circunstancias. Guardé los anillos con mucho cariño, y también los seguritos. En ese momento recordé el sobre de las “instrucciones”. Lo saqué de la bolsa de mi camisa, lo abrí y leí la última voluntad de dos seres que se amaron en verdad:

“Nosotros, Anastasio López Negrete e Isabel Aguilera  de López, deseamos que a nuestra muerte se nos entierre juntos, es decir, en la misma caja (féretro, ataúd, o como quieran llamarle) y nos acomoden frente a frente, mucho muy cerca uno del otro”

Estaban ahí sus firmas que yo conocía tanto. Eran las mismas que aparecen en mis boletas de calificaciones, en mis permisos, en mis constancias médicas  y en todos mis documentos.

LA ÚLTIMA VOLUNTAD
Después de la triste e interminable noche del velorio, trasladamos a mi tío al cementerio. Para que la última voluntad de ambos fuera cumplida, el féretro donde descansaba mi tía Chabela se encontraba ya fuera de la fosa. Un enigmático rayo de sol, en una mañana tan fría y nublada, lo hacía brillar extrañamente. Cuando lo abrieron, el ambiente se inundó con un aroma de rosas. La confusión se hizo presente y se acrecentó sin medida cuando vimos que las rosas que mi tío había colocado en las manos de mi hermosa tía habían conservado su frescura.
-Tenía la idea de que las rosas eran naturales… murmuraban. Desde luego que eran naturales. Lino y yo habíamos acompañado a mi tío a comprarlas. Automáticamente, los dos nos volteamos a ver. –y mira la cara de Chabelita… -continuaban los murmullos. Yo también me sorprendí  al notar que la corrosiva muerte no había logrado dañarla.
Dos robustos muchachos de la funeraria dijeron que para que mis tíos quedaran frente a frente había que ladear el cuerpo de ella. El más joven sugirió sólo voltear la cabeza que seguramente ya se hallaba desprendida del resto  del cuerpo. Yo no estuve de acuerdo y me dispuse a realizar el movimiento.
Lo que sentí al tomarla en mis brazos me hizo estremecer: estaba blanda y cálida, como si durmiera. Su cuerpo se hallaba intacto y el aroma que despedía era el de aquel dulce perfume que en vida la caracterizó.  Un raro sentimiento me envolvió: una especie de ternura mezclada con rebeldía y coraje. Mi cuerpo se estremeció y comencé a llorar sin control. Mis primos se acercaron y de todos recibí abrazos consoladores. Miré a mi tío, muy serio en su ataúd, recordé a mi papá y a Alejandra en idéntica postura y un grito desconsolado salió de mi garganta:
-¡¿Por qué?! ¿Por qué todos los que amo me abandonan?
Mi mamá soltó la mano de su esposo y se acercó con los brazos extendidos, pero al llegar a mí los bajó, sin atreverse a abrazarme. –Panchito –me dijo- … comprendo tu dolor ahora que se han ido… pero si de algo te sirve, hijo, aquí estoy…
Sus labios temblaban y lloraba con tristeza. La abracé y ella llenó de besos mi cara. La miré y, una vez más, la perfección de sus facciones me sorprendió.
-¡Qué hermosa eres, mamita! –le dije.
Permanecimos mirándonos, aislados de los demás, hasta que el dueño de la funeraria me preguntó en voz baja: -¿Proseguimos?
Asentí.
Los dos fornidos muchachos de la funeraria levantaron a mi tío como si no pesara nada y, en rápido movimiento, lo acomodaron junto a mi tía, frente a frente. La seriedad abandonó la cara de mi tío Tacho y una sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios. Nadie más pareció notarlo. Solamente las miradas de Lino y la mía se volvieron a cruzar.
Cuando me acerqué a despedirme de mis tíos, algo brillante, en el fondo de la caja, me llamó la atención. Era la brújula. Mi tío la había soltado.
-¡Hallaste el rumbo! –grité.
Todos se sorprendieron. Chucho se acercó y me tomó del brazo. –Tranquilízate, Pancho, necesitas descansar –me dijo. Yo, asentí en silencio y me guardé celosamente la brújula. Hoy más que nunca iba a necesitar el equipo completo...




FIN

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