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D.H.L.A PARTE DIEZ

RAMSÉS
Mi mamá se divorció de Moisés y muy pronto se volvió a casar. Esta vez con Ramsés; un hombre joven y bastante bien parecido.
 Cuando se acababan de casar, escuché una plática que me dejó helado:
-Es una mujer sin sentimientos, sin ninguna moral –era la voz de mi tía Meche.
-Así es –contesto mi tía Reme-. De su hijo ni se acuerda.
Pobre Panchito.
¡Estaban hablando de mi mamá!
No se dieron cuenta de que yo estaba al otro lado del corredor. ¡Qué mal me sentía ese día!
Como todas las noches, después de merendar, mi tío y yo salimos a caminar a los portales. Aproveche para comentarle lo que había oído en el corredor. El permaneció en silencio, como si no me hubiera escuchado. Cuando ya había perdido las esperanzas de obtener una respuesta, me dijo:
-Sólo voy a hacerle una observación y después usted mismo saca sus conclusiones: ¿no cree que dos personas tan feítas, como mis hermanas, que por estar esperando a los de a  caballo se les fueron los de a pie, podrían haber hablado solamente por envidia? Ellas fueron las patitas feas de la familia; no como su abuelita y como yo –alzo una ceja y sonrió de lado-. Además, no es que su mamá no se acuerde de usted… ella piensa que aquí está mejor. En varias ocasiones nos dijo que ella no podía darle la estabilidad y la tranquilidad que aquí tiene, y aunque para ella era un sacrificio estar lejos de usted, estaba dispuesta a hacerlo por su bien.
-¿Les dijo que vivir sin mí era un sacrificio? –le pregunté ansioso de que me lo confirmara.
-Bueno, no exactamente –me respondió-,  pero le aseguro que eso es lo que ella siente.
-¡Mentira! ¡Usted está inventando todo eso! ¡Usted no puede saber lo que ella siente! –le dije fuera de mí.
Después la tristeza me invadió y, con un hilo de voz, agregué: -Perdóneme. La verdad es que mis tías tienen razón; yo no le importo a mi mamá… nunca le he importado…
-Mire, Panchito –me dijo-, usted debe tener en cuenta que su mamá no es una mujer común y corriente. Ella es extraordinariamente bella, y los que tienen algo de extraordinario no actúan como la generalidad de las personas. Imagínesela viviendo en forma rutinaria, como Reme o como Meche, y verá que esa imagen no le va. Es cierto que su belleza la ha convertido en una persona un poco individualista, con cierta tendencia a un inmoderado amor por si misma… ¿cómo le explicaré?
-Egoísta –le dije.
-Bueno… más o menos –aceptó-, pero no la juzgue mal, ella…
-Gracias por defenderla, tío -lo interrumpí-. A pesar de todo yo la quiero mucho y me duele que la critiquen.
¡Bravo! –gritó jubiloso-. ¡Así me gusta oírlo hablar! Con eso usted me está demostrando que ha madurado y que puede aceptar a las personas tal como son y disculpar sus errores. Hay mucho amor dentro de usted, Panchito, y el amor es lo único que transforma a las almas en excelentes.
Reflexioné en sus palabras y me sentí muy contento; como si desde ese momento me hubiera dado permiso a mí mismo de sentir y de expresar libremente el gran amor que le tengo a mi mamá.

PRIMERA CONSULTA
Cuando mi primo Chucho terminó su carrera, el más feliz y orgullosos de todos era mi tío Tacho. Su mayor satisfacción eran nuestros logros.
Inmediatamente le acondicionó un consultorio al lado del suyo. –Mire, Chuchito –le dijo-, este consultorio es para usted, pero no quiero que se sienta obligado a venirse a trabajar a San Miguel. Si usted desea quedarse en el pueblo, o irse a otro lugar, está bien; sólo quiero que tenga en cuenta que los aparatos y el mobiliario que están aquí son suyos y si quiere se los puede llevar…  claro que en este caso usted pagaría la mudanza –agregó rápidamente- … aquí contaría con casa y comida, pero le advierto que en cuanto usted comenzara a ganar dinero tendría que pagarme la renta del consultorio. No me conteste ahorita, piénselo todo el tiempo que necesite.
Al día siguiente de que Chucho presentó su examen profesional para obtener el título de médico veterinario, se instaló en la casa y estrenó su consultorio.
Nerón y Celín, los perros de mi abuela, lo mismo que el Rorro, fueron sus primeros clientes. Ese día mi tío había ido muy temprano al pueblo a traer los perros de mi abuela. Se quedó un buen rato afuera del consultorio de Chucho sujetando a los animales y batallando con ellos, platicándole a toda la gente que pasaba por ahí que había un nuevo veterinario en San Miguel y que era buenísimo.
Cuando Chucho terminó de revisar los animales y le aseguró que estaban completamente sanos, mi tío le preguntó:
-¿Cuánto le debo?
¿Cómo cree que le voy a cobrar, tío? –dijo mi primo.
-¿Y por qué no? –grito disgustado-. ¡Es su trabajo! A usted le costó mucho esfuerzo llegar a ser lo que es y no va a regalar sus servicios. ¿Cuánto le debo?
-Son veinte pesos, tío –respondió Chucho muy apenado.
-Muy bien, aquí están –le tendió un billete.
Chucho lo acompaño a la puerta. Antes de salir, mi tío se paró en seco y le dijo:
-¡Ah, se me olvidaba!, cuando termine su consulta vaya a pagarme el adelanto de la renta.
PERRO EN OBSERVACIÓN
Un perro había mordido a una niña y, a pesar de que sus dueños aseguraban que estaba vacunado contra la rabia, no tenían el comprobante. Tuvieron que empezar a ponerle a la pobre niña las dolorosas vacunas en el estómago pues no podían correr el riesgo de que fuera a contraer la terrible enfermedad. Mi primo Chucho se ofreció para ir a checar al perro durante los días necesarios para ver si no presentaba síntomas y así poder suspender la vacunación de la niña y no tener que completar la larguísima serie. Ese día no iba a poder ir, así que le pidió a mi tío Tacho que lo hiciera.
-Claro que sí, Chuchito, con todo gusto –aceptó mi tío-. Acompáñame, Panchito –me dijo.
Llegamos al domicilio. Mi tío tocó y una mujer gorda y colorada abrió la puerta.
-Buenas tardes, señora –la saludó cortésmente-, disculpe la molestia, ¿me podría informar si se encuentra el perro en casa?
-¿Quién lo busca? –preguntó la mujer.
-Mire, a mí no me conoce, vengo de parte de mi sobrino el veterinario…
-¡Ah!, del doctor Chuchito, ¿verdad?
-Así es.
-Pues no, fíjese que no está, salió desde hace rato.
-¿Y cómo a qué hora regresa?
-Pues no tiene hora –dijo la mujer-, pero si gusta le puede dejar el recado.
-Nada más dígale que vuelvo como a las siete, que me espere.
-Cómo no, yo se lo voy a decir –respondió ella y se despidieron muy correctamente.
En el coche, Lino y yo nos revolcábamos de la risa.
-¿De qué se ríen? –nos preguntó mi tío cuando se subió.
-De nada, tío –le respondí-, es que Lino me contó un chiste.
-Ya no estén tonteando –nos dijo furioso-, de lo único que se tienen que acordar es de que tenemos que regresar a las siete a revisar a ese vago.


















































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