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D.H.L.A OCTAVA PARTE

CUMPLEAÑOS
Mi tía Chabela entro en la sala.
-Ya duérmete, Panchito, ya es muy tarde. ¿No estás cansado? Tus primos ya se acostaron. –Ahorita tía.
-¿Quieres que te lea un poco para que te dé sueño?
-No. Todavía no me quiero ir a mi cuarto –le dije con la vista fija en el teléfono.
-Mi amor –dijo con cariño y cogió mi mano-, seguramente tu mamita estuvo muy ocupada y no te pudo hablar.
Yo retiré la mano y me puse tenso.
-Mira, mi niño –me abrazó-, a veces uno no puede hacer todo lo que quiere; te apuesto a que todo el día estuvo pensando en ti  pero no tuvo ni un ratito libre para coger el teléfono. Tu sabes que tu mami tiene mucho trabajo y…
La interrumpí:
-Todas las mamás quieren a sus hijos, ¿verdad, tía?
-Claro que si mi amor.
-La mía también me quiere, ¿verdad?
-¡Por supuesto!
-Aunque se olvide de mi cumpleaños, ¿verdad?
Se acercó a mí.
-No se olvidó, mi cielo; te aseguro que no. Mira Panchito –me dijo con seriedad-, a tu mami le tocó vivir cosas muy difíciles. Cuando se quedó sola, sin tu papá, ella tuvo que salir a trabajar. Tu mami es una mujer muy buena, pero no tiene tiempo para quedarse en la casa contigo, como quisiera…
Me  apreté a ella.
-¡Qué bueno que tú si te puedes quedar conmigo! ¡Te quiero! –le dije.
En brazos de mi tia me sentía seguro, protegido; pero cuando estaba en ellos deseaba con toda el alma que fueran los de mi mamá. Quería creer que ella también me extrañaba, que se pasaba el día pensando en mí, como me decía mi tía, pero que no tenía tiempo para hablarme ni para venir a verme de vez en cuando. A veces reflexionaba en ello, y sacaba en conclusión que ningún trabajo podía ser tan absorbente como para tener a alguien ocupado las veinticuatro horas del día, pero como esta idea me entristecía hasta hacerme sentir enfermo, prefería pensar que el trabajo de mi mamá era la excepción.
Mi tía me llevo a la cama y se sentó a mi lado.
-Tía  -le dije-, ¿crees que ella esté pensando en mí?
-Seguramente, mi amor, seguramente –me respondió…
Ya muy tarde, con su mano entre las mías, el sueño acudió.
Al día siguiente, mi tío Tacho, Chucho, Caty y Lupita entraron a mi recámara. Mi tío traía una caja de regalo, enorme. -¡Mire, niño, lo que acaba de llegar por correo! Yo salté de la cama.
-¿Es para mí?
-Pues claro que hay otro Panchito en la casa… me dio un sobre rotulado con mi nombre.
No sabía que abrir primero, si la carta o el regalo. Me decidí por el regalo. Mis primos me rodearon, ansiosos por mirar el contenido. ¡El barco que siempre había deseado! ¡Qué felicidad ¡ -¡Qué padre! –dijo Chucho.
-Ah…es un barco –dijo Lupita y salió dela recámara.
-¿Me lo vas a prestar? ¡Mire tío, no me lo quiere prestar! –dijo Caty al tiempo que lo sacaba de la caja.
A mí me dieron muchas ansias, yo hubiera querido ser el primero en cogerlo.
-Déselo a Panchito –dijo mi tío-, luego se lo va a prestar.
-Sí, Caty, al rato jugamos todos –dijo Chucho.
Caty hizo un puchero. Mi tío se acercó a ella y le dijo que lo pellizcara a él mientras yo leía mi carta.
La carta era de mi mamá. Me decía que no había olvidado mi cumpleaños, que le había sido imposible llamarme, pero que me quería mucho. Me sentí feliz.
Leí esa carta una y otra vez. Siempre que lo hacía pensaba en lo parecidas que eran la letra de mi mamá y la de mi tío Tacho.

MIS PRIMOS

Las grandes se habían casado, y, de los chicos, sólo Chucho, que ya tenía diecisiete, y Caty, que como yo tenía doce, seguían pasando sus vacaciones aquí en San Miguel.
Desde luego, de vez en cuando nos volvíamos a reunir todos, ya fuera en casa de mi abuela o aquí.
-Tío, ¿usted cree que mis primos ya no nos quieran? –le pregunté un día mientras rociábamos los frutales con un líquido que preparaba mi tía para evitar las plagas.
-¿Por qué dices eso, Panchito?
-Porque ya no vienen.
Interrumpio su labor y me dijo con seriedad.
-El que no vengan no significa que nos hayan dejado de querer. Le aseguro que sus primos siempre estarán al pendiente de nosotros. Apuesto a que cualquiera de ellos vendría de inmediato si supiera que lo necesitamos.
Continuamos apretando los atomizadores durante un buen rato, hasta que externe un asunto que me preocupaba desde hacía tiempo:
-Tío, ¿usted cree que la Peque se acuerde de mí?
-Panchito –me dijo tomándome de los hombros-, la Peque ha dejado de venir porque se acaba de casar, pero eso no quiere decir que se haya olvidado de usted. Ahora ella tiene obligaciones y compromisos que la detienen en su casa, pero no por eso debe usted pensar que ya no lo quiere –se quedó pensativo- … Cuando se enamore la va  a entender…
Me abrazó ligeramente mirándome pensativo y después seguimos esparciendo el líquido sobre todos los árboles de la huerta.

JUDITH

Cuando conocí a Judith, comprendí aquellas palabras. Esa muchacha se había convertido en lo más importante para mí. Quite la fotografía de la Peque que tenía en un portarretratos sobre mi buro, y puse la de ella.
-Ten cuidado, Panchito, esa muchacha es mucho mayor que tú. La opinión de mi tía Chabela me tenía sin cuidado. Judith era la perfección hecha mujer, y yo estaba enamorado.
Lo de Judith empezó en una reunión en casa de unos amigos.
Todo fue verla y quedarme con la boca abierta. Su figura era muy diferente a la de las niñas de la escuela. Mi timidez le cayo en gracia.
-¡Muévete, pareces lelo!
Y se repegaba  a mí. Yo, que de por sí no sabía bailar, estaba tan aturdido por su cercanía que mis piernas se habían vuelto dos barras de acero que no obedecían. No recuerdo de qué hablamos, más bien de lo que ella hablo porque yo era un mudo embobado por su cara, por su cuerpo de mujer y por su boca…
Ella me enseño a besar. Despertó todos mis sentidos. –Pancho, deja a Judith; nada más está jugando contigo. Ella se besa con todos…
Toño, mi mejor amigo de la secundaria me lo advirtió. Le di un golpe en la nariz que lo dejo noqueado.
Más noqueado  quedé yo cuando, unos días después, la descubrí besando a un  muchacho, ya grande, precisamente en nuestro lugar. En ese lugar que yo consideraba sagrado por ser de ella y mío: un parque solitario, atrás de la Catedral, al que ella me había llevado de la mano:
-No seas miedoso ¿Qué no eres hombre?
-¡Claro que sí!
Y por sentirme hombre desafié a todo el mundo.
-Panchito, yo creo que no está bien que llegue usted tan tarde a la casa, ¿Dónde andaba?
-Ya soy lo bastante grande como para cuidarme solo, ¿no cree?
Mi tío callaba ante mis respuestas.
-Panchito, yo creo que esa muchacha no te conviene, mi amor.
-Tía, yo amo a Judith. Déjame en paz.
Estoy seguro que mi tía lloraba en las noches. Así era ella.
Así se preocupaba por mí.
El día que vi a Judith besándose con aquel, se  me rompió el corazón. Le reclame.
Aquella risa burlona y aquellas palabras quedaron resonando en mis adentros durante mucho tiempo:
-¿Pues qué habías creído? ¿Pensaste que en verdad tus encantos me habían cautivado? ¡Niño estúpido!
Me enfermé.
-Tiene fiebre, Anastasio –decía, angustiadísima, mi tía Chabela.
-No te preocupes, preciosa, se va a poner bien –aseguraba mi tío.
Y tuvo razón. Pronto, en cuanto tome conciencia de la maldad de Judith, decidí que ella no valía ni un momento de sufrimiento. En un arrebato de ira, arranque del portarretratos su fotografía. Estaba a punto de hacerla pedazos, cuando mi tío entro a mi recamara.
-¿Qué está haciendo, Panchito?
-Nada, tío –escondí la foto.
-Supongo que esa muchacha no le dio solamente malos ratos –me dijo.
Los recuerdos de Judith pasaron por mi mente.
-Pues, no… -respondí.
-Entonces no rompa esa fotografía, mejor guárdela y mírela de repente. Cuando una persona ha significado mucho en nuestras vidas, para bien o para mal, y se ha ido, no debemos tratar de encerrarla en el olvido, porque el olvido tiene una puerta que se abre cuando menos lo esperamos y nos lanza los recuerdos como caballos salvajes que nos patean el alma. Aprenda a domar el recuerdo de esa muchacha. Los recuerdos domados no lastiman… Supongo que algo bonito, digno de recordar, le habrá dejado…
Recapacite un momento.
-Pues, si tío… le dije, pensando en las veces que junto a ella me había sentido el hombre más feliz del mundo.
Volví a poner a la Peque en su portarretratos, y a Judith en el cajón de los recuerdos.











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