D.H.L.A PARTE NUEVE
MOISÉS
Moi, le decía mi
mamá. Nunca se me olvidara el día que lo conocí.
Llegue a la casa
después de la escuela y vi afuera un coche muy elegante. Cuando entre, oí la
voz de mi mamá. Casi me caigo de la emoción. El portón está bastante retirado
de la sala y, sin embargo, desde allí la escuche.
Hacía más de dos
años que no la veía. Avente mis cosas y corrí para verla. Ella oyó mis pasos y salió
al patio.
-¡Mi amor, m´ijito
adorado, cuánto te he extrañado!
-¡Hola, Panchito,
ven a saludar a Moi! –fue la frase real, porque la anterior sólo se formó en mi
mente.
Ni un beso y, mucho
menos, aquel abrazo que en mi imaginación me había dejado sin respiración.
¿Moi? ¿Quién era
Moi?
Mi mamá caminó de
prisa delante de mí. Siempre parecía
tener prisa. Por detrás, yo observaba su figura, su ropa elegante, sus
movimientos… ¡Era tan bonita!
-Mira, Moi, este es
Panchito, creo que ya te había hablado de él.
“¿Creo?”, pensé. ¿No
es lo más lógico que ella hable de mí a sus conocidos?
-Panchito, él es Moisés,
mi esposo, ¡nos acabamos de casar! No sé si lo saludé, si me saludó, qué le
dije, o qué me dijo. Me vuelvo a acordar hasta que estaba sentado junto a mi
tío Tacho con su brazo en mi hombro, apretándome con cariño. Mi mamá estaba
sentada en el sillón de enfrente, acariciando la mano de un señor gordito,
calvo, y muy sonriente. Tenía dentadura postiza, porque cuando hablaba se le
movía
Entró mi tía Chabela
y puso una charola en la mesa de centro. Tras ella venia el Rorro.
-¿Ya llegaste, mi
amor? –me dijo-. No te oí entrar –se acercó a besarme.
Sirvió el café y
algo en los platitos. No recuerdo qué.
-¿Tú quieres un
refresco, mi niño? –me dijo con cariño.
-No, tía, gracias
–le respondí sin poder ocultar la extraña sensación que me oprimía la cabeza y
no me dejaba pensar.
Se sentó junto a mí
y me tomo de la mano. El Rorro voló a mis piernas.
Fue una impresión
muy especial: yo estaba sentado en medio de mi familia y, frente a nosotros, la
mujer más bonita del mundo con su esposo.
“¿Cómo le voy a
decir que no me puedo ir con ella?”, pensaba, mientras ella describía su nueva
casa. “Si me voy, mis tíos se van a quedar muy solos”, seguía pensando mientras
ella hablaba del club.
“Además, yo no me
quiero ir… sin mis tíos yo no podría…”
No tuve que decir
nada porque ella simplemente se puso de pie, tomo del brazo al tal Moi y se
despidió de nosotros. Mi tía los acompaño a la puerta.
Una molesta mezcla
de coraje, frustración y tristeza me invadió. -¿Por qué no me dijo que mi mamá
se había casado, tío? –le pregunte sintiendo un temblor que me hacía temblar.
-Espérese, no diga
nada –me dijo-, hay moros en la costa.
Se levantó del
sillón y con exagerados aspavientos echó al Rorro de la sala.
-Ahora que ese
bocaza calumniador se ha ido podemos hablar tranquilos –se sentó frente a mí.
Yo comenzaba a
exasperarme. –Tío, esto es muy serio para mí.
-Y para mí también,
Panchito –me tomó una mano-. Si no le había dicho que su mamá se casó es porque
yo tampoco lo sabía. Para nosotros también fue una sorpresa…
Su respuesta me
asombró. -¿De veras no lo sabían?
-Desde luego que no
–me dijo-. ¿Usted cree que si hubiésemos estado enterados se lo habríamos
ocultado?
Reflexioné un
momento y respondí: -No. Creo que no.
La gran tristeza que
enseguida me invadió casi me aplasta. –Tío, ¿Por qué es así mi mamá? –tuve que
hacer un gran esfuerzo para que mis palabras no sonaran a alaridos.
-Mire, Panchito –me
dijo-, eso, creo que nunca lo sabremos. Lo único que puedo decirle es que a las
personas que amamos hay que aceptarlas tal como son, con sus cualidades y sus
defectos.
Me quedé pensativo.
Después de un buen tiempo le dije:
-¿Sabe qué, tío?
-¿Qué cosa? –me
respondió.
-Deseé que me
pidiera que me fuera con ella, pero, a la vez, sentí miedo. Yo no podría
alejarme de ustedes.
Sus se humedecieron
y me abrazó con fuerza.
Por encima de su
hombro vi a mi tía. Nos observaba desde la puerta y también lloraba.
NÚMERO DOS
Mi tío decidió que
estudiara la preparatoria en el Distrito Federal, en la misma escuela en que él
lo había hecho. Ocupé un cuarto en una casa de huéspedes que recibía
estudiantes. Todos los fines de semana venía a San Miguel.
Desde el primer
semestre tuve serios problemas con las matemáticas, así que, a mediados del
segundo semestre, después que haber tenido que presentar difíciles y largos
exámenes extraordinarios, tomé la decisión de dejar los estudios y buscar un
empleo. Pensé que lo mejor sería enterar a mis tíos de inmediato.
Llegué a San Miguel
en la tarde. Mi tía había salido y mi tío estaba dando consulta. Aguardé en la
sala de espera, repleta de gente. Puse mi maleta en el piso. Las manos me
sudaban de nervios. ¿Cómo se lo diría? ¿Cómo lo tomaría él? Me sobrepuse, me di
valor: “Todos tenemos derecho a decidir nuestra vida”, repetía para mis
adentros.
Salió mi tío a
despedir al paciente que acababa de atender y me vio.
-¡Hola, Panchito!
–me saludó con gusto-. ¿Qué anda haciendo por acá con todo y maleta? ¿Acaso
suspendieron sus clases? –No, tío. Vine a hablar con usted –le dije tratando de
disimular mi nerviosismo.
-Pásele, pásele -me invito gustoso-. Es mi sobrino –dijo a
los pacientes a modo de disculpa por no hacerme esperar.
Dentro del
consultorio preguntó:
-¿Qué cosa es tan
urgente que tuvo que venir entre semana?
-Tío –le dije
envalentonado-, ¡he decidido dejar la escuela!
-¿Dejarla? –se
sorprendió.
-Sí –la seguridad en
mí mismo iba en aumento-; voy a buscar un empleo.
Se hizo un silencio
tan denso que se hubiera podido cortar
con un cuchillo. Él se puso de píe, entró al baño, y después de un largo tiempo
que a mí me pareció eterno, regreso son la cabeza y la cara empapadas,
escurriendo agua sobre el cuello de su camisa. Volvió a instalarse en la silla
giratoria de su escritorio y me preguntó:
-¿Y puedo saber por
qué a tomado esa decisión? Yo recité el parlamento que tenía tan ensayado:
-Me he puesto a
pensar que no todo el mundo debe ser profesionista. Creo tener la preparación
necesaria para enfrentar cualquier situación que se me presente. Además, he
llegado a la conclusión de que a la escuela sólo se va a perder el tiempo y que
las matemáticas no sirven para nada…
Se quedó pensativo.
Luego se levantó, me tomó bruscamente de un brazo y me llevó a la puerta.
-Espere a que
termine mi consulta y después hablamos –me dijo antes de echarme con un
empujón.
Me senté en la sala
de espera y aguardé. El tiempo se me hizo eterno. Cuando salió el último
paciente, me dirigí hacia la puerta del consultorio pero mi tío la cerró
bruscamente; casi me da en las narices. -¡Espere a que lo llame! –gritó desde
adentro.
Extrañado por su
actitud regrese al sillón.
Después de mucho
rato, apareció en la puerta y me hizo señas para que pasara.
-Siéntese, muchacho
–me indicó-, ¿de qué me estaba hablando?
-Era acerca de la
escuela…
-¡Ah, sí! –me
interrumpió-, me estaba comunicando sus intenciones de abandonar los estudios,
¿no es cierto?, pues, casualmente, necesito un ayudante en la farmacia, así es
que su brillante decisión me cayó como anillo al dedo.
Me alegré por su
comprensión, aunque, francamente, no esperaba que fuera así de sencillo.
-¿Habla en serio?
–le pregunté.
-¡Claro! –me dijo-,
desde hoy tiene usted empleo.
Emocionado exclamé:
-¡Gracias, tio!
-¡Nada de “tío”
–grito-. ¡No sea usted igualado! ¡Desde ahora en adelante llámeme doctor!
-¿Cómo? –la sorpresa
no cabía en mí.
-¡Así como lo oye! ¡Desde este momento yo soy
el patrón y usted sólo un empleado! ¿Entendido?
-Sí, doctor
–respondí con un nudo en la garganta. En ese momento llego mi tía. Tocó la
puerta. -¡Adelante! –dijo mi tío.
-¡Mi cielo! –exclamó
mi tía al verme y corrió hacia mí con los brazos extendidos-. ¿Qué andas
haciendo por aquí? –me abrazó-. ¿Qué tienes, mi amor? Estás temblando. ¿Te
sientes mal?
-No, Chabelita
–respondió mi tío-, está perfectamente; ha venido a darnos la nueva de que va a
dejar la escuela… ¿Cómo?-preguntó sorprendida.
-Así es –continuó mi
tío-; ha decidido que estudiar es perder el tiempo y que lo mejor será ponerse
a trabajar; por lo tanto, desde hoy, será mi nuevo ayudante en la farmacia.
-¿En serio? –me miró
incrédula.
-Sí, tía pero…
Iba a darle una
explicación más detallada sobre mi forma de pensar y de las serias reflexiones
que me habían llevado tomar esta
decisión, pero mi tío no me dejó hablar.
-¡No la llame “tía”!
¡Dígale señora y háblele de “usted”! –vociferó.
-Pero, Anastasio…
-mi tía iba a empezar a protestar pero él la interrumpió:
-Sí, Chabelita, así
debe ser –dijo tajante-. En la vida cada quien escoge su lugar. Se le va a
acondicionar el cuarto de servicio y va a comer en la cocina…
-¡Anastasio!
–exclamó mi tía.
-¡Las cosas se harán
como yo digo! –gritó enojado.
Mi tía se quedó muy
sorprendida; él nunca le hablaba así. Mi tío pareció reflexionar, se acercó a
ella y la abrazo con cariño: -Te aseguro que así es como debe ser, preciosa;
hazme caso…
Ella asintió y salió
del consultorio.
Al día siguiente, mi
tío fue al cuarto de servicio; -¡Arriba, muchacho! ¡No sea perezoso!
Abrí los ojos. Aún estaba
oscuro.
-¿Qué hora es? –le
pregunte.
-¡Hora de trabajar!
–me respondió-. ¡No quiero ir a la farmacia y encontrarme con que usted no ha
hecho el aseo! ¿Entendió?
-Sí, tío, digo,
doctor –corregí rápidamente.
-¡Pues apúrese!,
-aventó unas llaves sobre la cajonera-. ¡A las siete en punto el negocio debe
de estar abierto! –ya salió dando un portazo.
Aún semidormido me dirigí a hacer la limpieza de la farmacia.
No lograba pensar en
otra cosa que no fuera en la actitud de mi tío. No podía ser cierto que me estuviera
tratando así. Seguramente al rato vendría y me pediría perdón. Todo volvería a
ser como antes…
Mojé la jerga y
empecé a trapear. Mire el radio y lo prendí.
Entro mi tío. De
tres zancadas llego hasta donde estaba el aparato y de un manotazo lo apagó.
-¡Mire, jovencito,
aquí no quiero abusos! –gritó-. ¡No vuelva a encender el radio sin mi permiso!
¡Ah, tampoco se le vaya a ocurrir hacer uso del teléfono! ¿M entendió?
-Sí, doctor
–conteste al borde del llanto.
-¡Y cuando necesite
ir al baño vaya al del patio de atrás! –y salió de la farmacia.
Así pasaron cinco
días. Con nada le daba gusto. Todo el día me regañaba y me pedía las cosas a
gritos. Cuando llegaban los clientes, casi todos conocidos míos, no me dejaba
platicar con ellos, decía que un empleado no debía ser igualado con la
clientela. A la hora de comer, él me servía personalmente, racionando las
porciones exageradamente. No permitía que mi tía se acercara o me dirigiera la
palabra, ella y yo sólo no echábamos desde lejos unas miradas muy tristes; y
cuando el Rorro me gritaba, él lo regañaba:
-¡Dígale “muchacho”,
o “ayudante”, o “fámulo”! ¡No lo llame “Panchito”!
Sentí que no podía
aguantar más. Fui al consultorio a hablar con él.
-Doctor, creo que se
está portando muy injusto conmigo –le dije-. No creo merecer el trato que me da
y no entiendo el porqué de este cambio tan brusco hacía mí.
-¿No lo entiende? –preguntó
burlón-, es muy sencillo: yo soy el patrón y usted mi servidor. ¿Qué esperaba?
¿Acaso ser tratado como un igual?... ¡No señor!... El ganarse un lugar en este
mundo cuesta trabajo… El que yo me gané, me costó mucho esfuerzo, años de
estudio, dedicación y sacrificio… La vida siempre presenta dificultades, pero
si usted a la primera se rinde, está demostrando que se conforma con ser número
dos, y que está dispuesto que cualquier persona un poquito más preparada que
usted le pueda dar órdenes. ¡Decida su lugar en la vida! y salió del
consultorio. Yo me quedé pensativo.
Esa misma tarde
empaqué mis cosas y fui a decirle: -Doctor, le prometo que lucharé por llegar a
ser número uno. Me miró sin hablar durante un buen rato y su dura mirada se fue
transformando. Al fin, visiblemente satisfecho, exclamó: -¡Estoy seguro de que
lo hará, Panchito!... ¡Ah, y no vuelva a llamarme doctor! ¡Yo soy su tío!
¡Tío! –le dije feliz
y nos abrazamos.
-Vaya con su tía –me
dijo-, ya no soporto verla tan triste.
Ella me pidió que me
quedara hasta el día siguiente, cosa que acepté con gusto. Esa noche me preparó
una cena deliciosa y después me fui a mi recamara, muy contento de volver a
disfrutar de su comodidad. Pero no pude dormir… sólo pensaba en el examen de
matemáticas que me esperaba en la escuela.
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