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D.H.L.A SEPTIMA PARTE

VISITA IMPORTANTE
El gobernador del estado iba a venir a San Miguel. Mi tío Tacho, como presidente municipal, recibiría una felicitación del alto funcionario por su buena administración, y el municipio, una aportación económica para la terminación de las obras de electrificación y drenaje.
Mi tío estaba muy nervioso, quería que todo saliera a la perfección. Superviso meticulosamente hasta el último detalle.
Después de la ceremonia oficial, se haría un recorrido por el municipio y al final una comida en la casa. Mis primos, los chicos, estaban con nosotros de visita. Todos ayudábamos en lo que podíamos.
Mi tío estaba en su consultorio haciendo el discurso que iba a leer. –Panchito, cuídeme la puerta. Que nadie me moleste para que pueda inspirarme.
-Sí, tío –le respondí y me puse a hacer guardia.
Después de casi dos horas se abrió la puerta del consultorio y salió mi tío fingiendo quitarse el sudor de la frente con la mano.
-¡Uf!, ¡ya estuvo!
-¿Cómo le salió? –le pregunté.
-¡Genial, Panchito, genial! Ahora, vengase para acá; necesito que me cuide la puerta de la sala porque voy a hacer unas llamadas. Que no me interrumpan.
Tenía ya un buen rato en la puerta de la sala, cuando oi el timbre de la puerta. Agustín vino a decirme que buscaban a mi tío. –No podemos molestarlo, está hablando por teléfono –le dije.
-Es que le traen un pedido del laboratorio –insistió. 
-Pues diles que te lo den –le sugerí y se dirigió a la puerta. Regresó con una caja y una nota en la mano.
-Que tiene que firmar de recibido –me dijo.
-Si lo interrumpimos nos va a regañar. Firma tú –le propuse.
-¡Cómo crees! –dijo asustado-, tiene que ser la firma de mi tío.
-Haz cualquier garabato, ¿no has visto su firma? –le recordé.
-Sí, ¿verdad? –estuvo de acuerdo. Estampo una rúbrica bastante rebuscada y se alejó.
Me dijo que revisaron la firma y no le dijeron nada. Antes de llevar la caja de medicinas al consultorio me dio un papel. –Se lo entregas a mi tío. Voy a ayudar a mi tía.
En cuanto salió de la sala le entregue el papel.
-Es del laboratorio –le informe.
Me lo regreso y me pidió que lo guardara en un fólder que estaba en su consultorio.
Sobre el escritorio había varios  fólders. ¿Cuál sería el indicado para guardar el papel? Lo deje a la suerte. Cerré los ojos y lo puse en el primero que toco mi mano.
En el salón del palacio municipal nos acomodamos en nuestros respectivos lugares y dio principio la ceremonia.
Mi tío fue al palco de oratoria y comenzó la lectura de su discurso:
-Señor gobernador: damos a usted la más cordial bienvenida…bla bla bla bla…Nos sentimos honrados por su presencia y… bla bla bla bla…Hemos trabajado con ahinco para bla bla bla bla…un futuro más prometedor…bla bla bla bla…
Dio vuelta a la hoja:
-Ativán, Valium, Mogadón,Paciflorina…
Lo miramos sorprendidos. Él se aclaró la garganta y siguió: -¿Para qué nos sirven estos medicamentos? Para dormir, para tranquilizarnos, pero no es el camino correcto; con ellos sólo conseguiremos la paz interior momentánea, pasajera, artificial… ¡No, distinguidos compañeros! Lo único que nos puede llevar a la tranquilidad verdadera es el actuar con justicia y honestidad en todo momento…bla bla bla bla…

Volvió la hoja, me echo una mirada fulminante, y siguió leyendo el discurso.
Al terminar la ceremonia, fuimos al recorrido y luego a la casa a comer. En cuanto entramos, mi tío me llamo aparte: -¡Qué bueno es usted para guardar los papeles!
Pensé que si no inventaba algo rápido, me iba a ir muy mal. –Lo hice a propósito, tío.
-¿Cómo dice? –se sorprendió.
-Quería ver como salía usted del paso…¡Que bárbaro, tío!
¡Lo felicito! ¡De veras lo felicito!
Puso cara de presunción y hablo con voz petulante:
-Claro, niño… ¿Qué esperaba? ¡Écheme sus toritos cuando quiera!... ¡Aquí esta su torero maravilla!
Mi ti le hizo la seña de que todo estaba listo. Fuimos al comedor. Al terminar la comida, el gobernador le comento de ciertas molestias estomacales que tenía.
-¡Ah! Quiere consulta…dijo mi tío.
-En efecto, doctor, quiero consulta –respondió el gobernador.
-Pues pasemos a revisarlo.
Fueron al consultorio.
Cuando regresaban, mi tío le venía diciendo:
-…y quiero que me disculpe por haberle cobrado, es que tengo la certeza de que si no cobro no se alivian… y no piense que fue abuso, lo que pasa es que yo tengo la costumbre de cobrar según los recursos del cliente…

Mi tía puso los ojos en blanco y se tuvo que detener de una silla para no caerse.
CIRUGÍA EN FAMILIA


Por lo menos una vez al mes íbamos a comer a casa de mi abuela, mamá de mi mamá y hermana de mi tío Tacho. A mí me gustaba ir porque era donde a veces (muy contadas, por cierto) veía a mi mamá. Cuando esto ocurría, mi pulso se aceleraba y me tenía que detener el corazón para que no se me saliera del pecho. Como respuesta recibía un ligero y apresurado beso en el cachete y, casi siempre, un adiós prematuro.
Recuerdo bien que aquel día mi mamá no fue a comer. Acababan de servir el puchero cuando a mi padrino Pedro se le ocurrió decir que sentía una molestia en el cuello.
-Algo así como una bolita dolorosa.
Mi tio Tacho se levantó de inmediato.
-A ver, don Pedro, déjeme revisarlo.
Lo comenzó a examinar. Mi padrino siguió comiendo como si nada.
-¡Sí! ¡Aquí está! –exclamó jubiloso-…A ver, a ver, ¿le duele? –le apretó fuerte.
-Un poco –respondió mi padrino, visiblemente adolorido.
-Permítame tantito, don Pedro –volteó para todos lados, como buscando algo-. No traje mi maletín ¿verdad, Chabelita? –le preguntó a mi tía.
Ella dijo que no y siguió saboreando su puchero.
-Bueno, no importa –y comenzó  a buscar en las bolsas de su bata blanca.
Sacó una jeringa, un bisturí y una botellita de alcohol. Luego, se desabotonó la bata, busco en las bolsas de su pantalón y aparecieron: gasas, hilo de nylon, agujas de sutura, tela adhesiva, guantes de cirugía, gorro, cubre bocas, pinzas, y no sé qué más.
-Hay que ser precavidos –comentó mientras ponía todo en la mesa.
Cargo la jeringa con el líquido de una ampolleta que sacó de la bolsa de su camisa y dijo a mi padrino, mientras se colocaba el gorro, el cubre bocas y los guantes:
-Esto le va  a doler un poco, don Pedro.

Y, sin ninguna consideración, le dio varios piquetes en el cuello. Mi padrino apretó fuertemente los dientes y los ojos se le humedecieron.
-Sí… esto duele… duele mucho –le decía mi tío Tacho… pero en unos instantes más sentirá adormecido… ¡Como si nunca hubiera tenido pescuezo!
Mi abuela y mis tíos habían dejado de comer. Algunos se habían quedado con la cuchara en el aire y otros con el bocado en la boca. Solo mi tía Chabela seguía comiendo como si nada. Mis primos y yo intercambiamos miradas y risitas.
Mi abuela llamo a Macrina, la muchacha, para que recogiera los platos del puchero. La mayoría se fueron intactos a la cocina. Lo que seguía era un guisado de cordero.
Apenas lo acabaron de servir, mi tío Tacho se puso de pie, se colocó el cubre bocas, se puso los guantes, tomó el bisturí y, sin más ni más, se fue sobre mi padrino haciéndole una profunda incisión en el cuello. La sangre broto. Todos mis tíos, menos mi tía Chabela, retiraron sus platos y pusieron cara de horror. El horror aumento cuando los dedos de mi tío Tacho se introdujeron en la herida y empezaron a escarbar. Caty se levantó de su lugar y vino hacia mí para calmar sus nervios. Yo no hice nada por evitarlo, la comprendí perfectamente. Los dedos de mi tío, bañados en sangre, salieron por fin de la herida extrayendo una bola gelatinosa y sanguinolenta, muy parecida al guisado de cordero.
-¡Ya estuvo, don Pedro! –exclamó triunfante mi tío-. ¿Le dolió?
-No…nada… -respondió afligido mi padrino.
-Ahora, nada más unas cuantas puntaditas y quedara usted como nuevo… Qué bonito es el sol de la mañanaaaa… al regreso de la capital –cantaba mientras cosía.
El tumor quedó en un plato en medio de la mesa.
Los comensales se empezaron a retirar. Mi abuela pidió sus sales. -¿Cuáles, mamá? –le pregunto mi tía Mimí.
-¡Las que sean! ¡Pero tráelas pronto, que me desmayo!
Mi tía tomo el salero, lo destapo y se lo dio a oler; mi abuela aspiro con fuerza, Mimí la tomo del brazo y salieron las dos tambaleantes.
Mis tías Chita y Coya se retiraron a gatas y sus maridos tras ellas. -¡Guácala! –exclamaron varias voces infantiles y los dueños de las voces salieron del comedor disparados.
Mi tía Chabela se levantó de prisa para llevar al baño a mi tía Meche, que arqueaba sobre la mesa.
Lola y la Nena echaron una mirada de enojo a mi tío Tacho y salieron del comedor. La Peque dijo, antes de levantarse:
-Tío, ¿me puedo retirar?
-Adelante, Peque… ¡Buen provecho! –le contestó, quitándose los guantes y acomodándose el cubre bocas en la frente.
La Peque salió, tapándose la boca con toda delicadeza.
Yo no me pude mover. Me sentía lacio, cual hoja de palmera, y veía todo como entre brumas.
Mi tío Tacho y mi padrino llamaron a Macrina para que les sirviera el postre.



MI TÍA CHABELA

Mi tía Chabela, era una sonrisa, unas manos suavecitas; un mi niño, mi amor, m´ijito; un abrir los ojos durante las noches que estaba enfermo y encontrarla sentada en la orilla de mi cama; un pásate con nosotros, cuando yo no podía dormir. Era una sopa riquísima; una cucharada de emulsión que me tenía que tomar, para que crezcas mi cielo, mi tío siempre agregaba: para que no te quedes chaparro como tu tío Rubén; unos tamales para desayunar, un pastes recién hecho para merendar, y un baño en la tina antes de empiyamarme. También era un perfume, un chal tejido cuando atardecía, un cabello plateado, una canción tarareada mientras regaba sus plantas, y otra cantada a dúo con su perico; era una piel blanquísima y unos ojos azules que tan pronto eran lilas como verdes.
A mí siempre me intrigaba ese cambio de color. –Tía, ¿por qué tienes los ojos de tantos colores?
-Porque son color del tiempo, mi amor.
-¡Son azules cuando hay cielo azul?
-Sí, mi cielo.
-¿Y verdes cuando está nublado?
-Algo así, mi amor.
-¿Y lilas cuando florece la jacaranda?
-Sí, niño –se adelantó mi tío Tacho a contestar-, son como los de usted: café cuando hace frío, café corriente cuando llueve y café común y corriente cuando hace calor.
Miré sus ojos.
-Como los suyos, ¿verdad, tío?
Mi tía sonrió burlona y él me dijo muy serio:
-Mire Panchito, ya estuvo bueno de estar analizando los ojos, váyase a hacer la tarea.
Y se puso sus lentes oscuros.



























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