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D.H.L.A SEXTA PARTE

SU HIJO
El Rorro se metió corriendo a la recamara de mis tíos, y yo tras él. Voló por la ventana, yo me senté en la cama. Vi una llave sobre el buró de mi tío, la probé y abrí el cajón. Había muchos papeles, cartas, y una fotografía de mis tíos con un niño chiquito. Mi tío estaba riendo. Se veía muy bien. Casi nunca reía.
Cogí la foto, ¿Quién sería el niño? No era ninguno de nosotros.
Era güero de ojos claros, como mi tía.
La puerta se abrió de golpe y apareció una figura enorme y ceñuda.
-¿Qué está haciendo aquí? – vociferó.
-¡Ay tío, me asustó! –de mi mano se zafó la fotografía.
Visiblemente enojado, llego a donde yo estaba, recogió la foto y miro el cajón abierto.
-¿Quién le dio permiso de entrar a mi recámara y, peor tantito, de abrir mí buró?
-Es que el Rorro… -le iba a explicar lo ocurrido.
-¡Qué Rorro ni que ocho cuartos! –me interrumpió furioso- ¡Nada más me faltaba que le eche la culpa al pesado del perico! Ya me imagino: mi niñooo, ve a la recamara de tu tío y ponte a esculcaaar… -imitaba muy bien la penetrante voz del Rorro-. Y usted muy obediente, ¿verdad? ¡A manasos  le voy a quitar lo tentón!
-¡Perdóneme, tío! –retrocedí asustado-. Es que andaba yo jugando con el Rorro, él se metió para acá, luego se salió volando, yo vi la llave y…
Mi tío no me escuchaba. Estaba como embelesado, mirando la fotografía.
-Tío –le dije despacio-, ¿qué le pasa? Parecía como si yo no estuviera allí.
-¿Quién es ese niño? –le pregunté acercándome con cierta precaución.
Se sentó en la cama. Parecía muy cansado. Comenzó a llorar en silencio.
Me senté a su lado y lo abracé.
-¿Por qué le da tristeza ver esa foto, tío?
-Por lo mismo que a usted cuando ve la foto de su papá.
-¿Por lo mismo? –reflexioné-. ¿Se murió?
-Sí, Panchito, se murió. Era mi hijo.
-¿Usted tenía un hijo, tío?
-Sí, Panchito.
-¿Y se murió chiquito?
-Sí…
La tristeza me envolvió de pies a cabeza. Algo en mis adentros se rebeló.
-Ay, tío –le dije hirviendo de coraje-, francamente yo no entiendo eso de la muerte. ¿Por qué se mueren los que no se deben de morir y los que deberían no se mueren? Ya ve al padre Simeón, tan viejito que está, tan regañón que es y…
-No digas eso, Panchito –me interrumpió-; la muerte no se le desea a nadie. Pero, tiene razón –coincidió conmigo-, la muerte a veces es muy injusta…-¡Este niño era lo que yo más quería!
El llanto lo sacudió. Nunca había visto llorar así a un grande. Me puse a contemplar la foto y llore junto con él.
-Qué bonito era su hijito, tío –le dije entre sollozos.
-Sí, Panchito, era muy bonito –contestó sorbiendo con la nariz.
Saco su pañuelo, se sonó y luego me sonó a mí. Recargué mi cabeza en sus piernas y le dije:
-Algunos tíos no tienen hijos, pero tienen un sobrino que los quiere mucho, como si fuera su hijo.
Me abrazó y lloramos juntos.
Mi tía entro a la recámara y le extraño vernos a sí. Iba a decirnos algo pero miro la foto que mi tío  tenía en la mano y pareció comprenderlo todo. Se acercó y nos abrazamos a su falda, ella acaricio nuestro pelo.

-No lloren –no dijo-, Albertito está en el cielo y desde allá nos mira; a él no le gustaría vernos llorar. -¿Se llamaba Albertito? –le pregunté.
-Sí… así se llamaba –me respondió pensativa.
-¡Qué bonito nombre! – y sin poderme contener agregué:
Menos mal que no le pusieron Anastasio…
-Mire niño –saltó mi tío-, mi nombre es un elegante nombre griego y además muy original, no como el de usted; Panchos encuentra uno hasta debajo de las piedras.
-¿No le gusta mi nombre? –le pregunte extrañado.

-Me gusta tanto como a usted el mío.
Me sentí un poco triste al saber lo feo que le parecía mi nombre. –Me hubiera gustado llamarme Albertito –le dije.
-¿Ah, sí? ¿Y para qué? –me preguntó.
-Para que usted pensara que tengo un nombre bonito.
Mi tía intervino:
-Tu nombre es muy bonito, Panchito, tu tío sólo estaba bromeando, ¿verdad, Anastasio?
-Así es –dijo mi tío.-, estaba bromeando como estoy seguro de que él también lo hacía; Francisco y Anastasio son igualitos de hermosos.

-¿Igualitos? –le pregunté.

-Sí, niño. Igualitos –afirmó.

La idea de cambiarme el nombre me persiguió durante algún tiempo; luego se me olvidó. Después de todo, uno está muy acostumbrado a su nombre.


TÉCNICA PARA EL INSOMNIO

Mi tío Tacho compraba los cigarrillos por paquete y a veces, sin darse cuenta, encendía dos o tres al mismo tiempo. Siempre criticaba a las personas que caían en excesos y se disgustaba consigo mismo por cometer esté. Además, estaba seguro de que el abuso del cigarro era la causa de su insomnio.
Se puso a investigar métodos para dejar de fumar. Leía artículos sobre el tema, escuchaba consejos y trataba de seguirlos, pero era inútil, fumaba muchísimo y cada vez dormía menos.

Un amigo suyo le platico sobre un hipnólogo que lo podía ayudar a dejar el cigarro y tenía un método buenísimo para el insomnio. –Acompáñame, Panchito, vamos a verlo –me dijo una tarde. Llegamos al consultorio. La recepcionista nos hizo pasar de inmediato.
-Bienvenido, doctor –dijo el hipnólogo-. Póngase cómodo –le señalo un diván-. Tú, niño, siéntate allá para que no lo distraigas –había una silla al fondo de la habitación.
Mi tío se quitó la bata, se aflojo la corbata y se recostó.
El hipnólogo se dirigió hacia una parte del cuarto que estaba separada con un biombo. Hablaba sobre la técnica para el insomnio, asegurándole que era bastante sencilla, pero mi tío no lo escuchaba: se había quedado profundamente dormido.
El hombre salió del apartado llevando un libro en la mano y se sorprendió al verlo así.
-Debe estar muy cansado –me dijo quedito-, dejémoslo dormir unos minutos.
Yo asentí con la cabeza.
Después de un rato, comenzó a hablarle en voz baja tratando de despertarlo, pero mi tío se volteó de ladito y empezó a roncar.
Al principio, los ronquidos eran leves, pero a medida que pasaba el tiempo iban subiendo de intensidad, hasta volverse insoportables. Lo movió con brusquedad, pero fue inútil,
Solo cambio de posición y siguió roncando a pierna suelta.
La recepcionista se asomó, junto con varios clientes, tratando de averiguar qué era lo que pasaba. El hipnólogo, muy molesto, les ordenó retirarse y cerrar la puerta.
Hizo un segundo intento por despertarlo. No hubo modo. Después otro; tampoco. Luego otro, otro y otro, hasta que se dio por vencido. Pasó como hora y media.
De repente, mi tío se incorporó de un salto, asustando al hipnólogo, y dijo:
-Creo que me dormí.
-Sí, doctor, creo que sí –le respondió disgustado-. Pero no se preocupe –suavizó la voz-, se nota que estaba usted muy cansado; de todos modos dormir le hizo mucho bien, aunque no pudimos realizar la sesión.
Mi tío miro el reloj.
-¡Qué barbaridad, es tardísimo! ¡Vámonos, Panchito! Quedo de regresar al día siguiente.

Llegamos puntuales.
-Puedes sentarte, niño-me dijo el hipnólogo. Me fui a mi lugar.
El hipnólogo lo hizo recostar pero esta vez no se retiró, pues ya tenía en la mano el libro que iba a leerle. Mas, en lo que buscaba el párrafo de la técnica para el insomnio, mi tío se quedó dormido, roncando sin consideración.
El hipnólogo me miro con disgusto, como si yo tuviera la culpa. Yo clave la mirada en el piso y no la levante hasta que mi tio despertó:
-¡Qué barbaridad! ¡Me dormí otra vez!
-Así es, doctor…-dijo el hipnólogo con fastidio.
Mi tío salto del diván.
-Nos vemos mañana –dijo, se puso la bata y miro el reloj-. ¡Es tardísimo! ¡Vámonos, Panchito!
Volvimos al día siguiente. Mi tío saludo a la recepcionista y a los pacientes que nos veían entre divertidos y burlones. Pasamos al consultorio.
El hipnólogo le señalo el diván. Yo iba rumbo a la silla pero me dijo que me sentara junto a mi tío  y que no lo dejara dormir.
Mi tío acomodo la cabeza en mis piernas y antes de que el hipnólogo empezara a leerle el párrafo de la técnica para el insomnio, que ya tenía señalado, cayó en profundo sueño y empezó a roncar molesta y ruidosamente.
Yo me quedé muy quieto. Cerré los ojos y me tape los oídos. Aún así, pude percibir la mirada del hipnólogo, llena de coraje, fija en nosotros. Sentí las piernas dormidas. Me moví y mi tío despertó. Apenas abrió los ojos, el hipnólogo arrancó una hoja del libro y se la dio.
-Doctor, ya no es necesario que regrese. Aquí está el párrafo que le iba yo a leer. Aunque, pensándolo bien, ya no es necesario que lo lea –le quito la hoja-, usted maneja perfectamente la técnica para el insomnio. Por lo demás, trate de no fumar. Adiós doctor.


Ni siquiera le dio tiempo de volverse a poner la bata. Lo tomó del brazo, a mí de los hombros, nos llevó hasta la salida dándonos un ligero empujón y cerró la puerta con llave.
Nos subimos al coche. Mi tío se acomodó en el asiento. Parecía muy satisfecho.
-¿Cómo le fue, dotor? –Lino le preguntó.
-¡Perfectamente! –le dijo mi tío con optimismo-. ¡No cabe duda de que la hipnosis es algo maravilloso! ¿Verdad, Panchito? –Aja…
Desde ese día no volvió a fumar y despertaba muy contento diciendo que había dormido de maravilla. Nunca entendí su reacción.


DON PASCUAL

Mi tío me había pedido que lo acompañara a visitar a don Pascual, el delegado de un pueblo donde iban a empezar a hacer una obra de electrificación.
Mi tío no había tenido tiempo de desayunar.
-Seguramente don Pascual nos invitara a almorzar –me dijo.
-Yo ya desayuné, tío.
-Pues quien como usted, Panchito. ¿Viera qué hambre traigo?
-Puede almorzar en casa de don Pascual –le sugerí.
-¡Qué más quisiera yo! Ya ve que él siempre tiene unos antojos deliciosos, pero, por desgracia, tengo el tiempo encima y no podré hacerlo. Ni modo, Panchito, mi destino era ayunar este día.
Nos subimos al coche.
-¿Ya desayunó, Lino? –le dijo a manera de saludo.
-Sí, dotor –respondió Lino sobándose el estómago.
- ¡Pues qué envidia, Lino, que envidia! –se acomodó en el asiento y cruzo los brazos para acallar su  estómago.
Llegamos a casa de don Pascual. Nos estaba esperando en la puerta.
-¡Señor presidente! ¡Qué gusto verlo!- -corrió a recibirlo hasta el coche.
Entramos en la casa.
-¡Siéntense, por favor! – nos dijo con mucha amabilidad. Mi tío comenzó la plática:
-Pues aquí andamos, don Pascual, tratando de olvidar el hambre…
Don Pascual se levantó de un salto.
-¿Hambre? ¿Tiene hambre, señor presidente? ¡Permítame traerle algo! –se encamino a la cocina.
-No, don Pascual, no se moleste; de veras, no tengo tiempo de comer nada. La visita de hoy será de doctor.
El hombre se paró en seco en la puerta de la cocina. -¿De doctor? Entonces, espéreme tantito.
Se metió a otro cuarto.
Después de unos momentos, gritó: -¡Ya estoy listo, doctor! ¡Pase usted!
Entramos al cuarto que resultó ser una recamara. Don Pascual estaba acostado en la cama, tapado hasta la barbilla.
-¿Se puede saber qué hace usted? –, pregunto mi tío.
-Es para que me revise, doctor. Usted me acaba de decir que no viene de presidente municipal, sino de doctor.
-¡Muy bien! –dijo mi tío-. ¡Tráiganme el maletín del coche! Lino y yo fimos y regresamos rápidamente, maletín en mano. Saco sus instrumentos médicos y reviso a don Pascual de cabo a rabo. Cuando termino nos dijo a Lino y a mí:
-Traigan de la cocina un batido de jugo de naranja con dos yemas de huevo –volteo a ver al  paciente- ¿Tiene jerez, don Pascual? -¡Sí, doctor! –respondió en seguida, y luego volteo  a vernos- Está en las puertitas de abajo del fregadero. –Le ponen una copita –concluyó mi tío. Salimos de inmediato para la cocina.
Regresamos con el batido y se lo dimos a don Pascual. Mi tio se lo arrebato reviso el contenido contra la luz, y quedó pensativo. Estábamos  muy intrigados. ¿Cuál sería el padecimiento de don Pascual?
El enfermo tenía cara de angustia.
De pronto, mi tío se llevó el vaso a la boca y se bebió el batido con voracidad, satisfecho, exclamó:
-¡Esta usted completamente sano, don Pascual!
-Gracias!, muchas gracias, doctorcito –dijo con alivio el hombre.
Mi tío se dirigió a la puerta. Don Pascual se levantó de un salto.
Estaba en calzoncillos. Se enredó con una cobija y camino de prisa tras él.
Antes de subir al coche mi tío le dijo:
-Mañana va usted a mi casa para que hablemos de la electrificación, ¡ah!, y me lleva los cincuenta pesos de la consulta.

















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